Sánchez y el síndrome de Paiporta

Publicado: 03 sep 2026 - 00:15
Opinión en La Región
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No hay precedentes de la displicencia con la que Pedro Sánchez se refirió al rey Felipe VI al hilo de la situación por la que atraviesa Ceuta, ciudad invadida por miles de jóvenes marroquíes y subsaharianos. En reciente entrevista radiofónica, Sánchez le reprochaba no haber visitado nunca la ciudad: “En veinte años de reinado” -el rey solo lleva 12-, confundiendo la visita con la realizada por su padre, el rey Juan Carlos.

Quemado como está por las críticas que está recibiendo por la inacción del Gobierno en los momentos iniciales de la avalancha, la posterior actuación errática y sus largas vacaciones, Sánchez sube un peldaño más en la escala del desdén rompiendo así el marco de la institucionalidad que debería enmarcar las relaciones entre dos de las principales instituciones del país: la Jefatura del Estado y la Presidencia del Gobierno.

Sánchez sabe que, con arreglo al mandato constitucional, los actos del rey los refrenda el Gobierno y que, por lo tanto, una eventual visita a Ceuta o a Melilla -hecho que amostazaría a Rabat- debe ser acordado con el Ejecutivo en oportunidad y fecha. Aun así le reprocha al rey que no haya realizado la visita. Es un gesto desdeñoso que desvela una pérdida de control. Todo indica que no acaba de entender lo que significa y obliga la separación de poderes.

Pero hay algo más. No ha superado el “síndrome de Paiporta”. El famoso episodio de cuando Sánchez, rodeado de una multitud que le insultaba, salió huyendo mientras que Felipe VI y la reina Letizia permanecieron en la localidad valenciana arrasada por la riada. En otras ocasiones, cuando ha cometido faltas de protocolo -situándose en lugar indebido al lado del rey o cuando en una inauguración se colocó en el sitio que correspondía al monarca-, las cámaras captaron sus gestos de contrariedad al ser advertido del error. Lleva mal no ser el protagonista de todo, pero lo que no acierta a disimular es el resquemor que le provoca la popularidad de don Felipe en contraste con el escaso entusiasmo que suscitan sus apariciones en público, por lo general acompañadas de broncas que cursan en forma de pitos e insultos. Cuesta entender cómo hemos llegado a esta situación de desdén institucional que Felipe VI ni se merece ni tendría por qué soportar.

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