Septiembre se decide en agosto

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Publicado: 16 ago 2026 - 05:10
Opinión en La Región
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La oficina de Ourense tiene estos días la mitad de las mesas vacías y el doble de silencio. Paso por allí algunas mañanas de agosto, sin ninguna reunión en el calendario, con el aire acondicionado apagado porque no hace falta para tan poca gente, y siempre me llevo la misma sensación: que el año se ha parado y que en septiembre alguien volverá a apretar el botón. Es una sensación agradable. También es falsa. El año no se para en agosto. Lo que ocurre es que deja de hacer ruido, que no es lo mismo.

Llevo veintidós años construyendo una compañía y he tardado bastante en entender algo que ahora me parece evidente: el último cuatrimestre no se decide en la reunión de la vuelta. Se decide en estas semanas. En septiembre ya no se decide casi nada, se ejecuta. La agenda del primer lunes de septiembre está escrita mucho antes de que llegue ese lunes, y casi siempre la ha escrito la inercia.

Es fácil comprobarlo. Piense en el año pasado. De todo lo importante que hizo entre septiembre y diciembre, ¿cuánto lo eligió usted y cuánto le vino dado? El cliente que apretó, el proyecto que se alargó, la urgencia que apareció a mediados de septiembre y ya no se marchó. Lo que no se decide con calma se decide solo, y lo que se decide solo rara vez coincide con lo que uno habría elegido. No es mala suerte. Es aritmética: en un mes con la agenda llena no hay hueco para preguntarse si la agenda es la correcta.

Conviene aclarar una cosa, porque se malinterpreta rápido. No estoy defendiendo trabajar en agosto. Defiendo justo lo contrario. Escribí hace dos semanas sobre el derecho a aburrirse y sigo pensando lo mismo. Pero descansar y pensar no son la misma actividad, aunque se parezcan por fuera. Descansar es dejar de hacer. Pensar sin agenda no es trabajar, es la única tarea del año que no cabe en un mes con agenda. Y no necesita un despacho ni una presentación. Necesita media hora, un papel y la disposición a que no salga nada.

La ventaja real de agosto no es el tiempo libre. Es la ausencia de ruido. Once meses al año la lista de tareas manda sobre el criterio, y uno acaba confundiendo estar ocupado con estar dirigiendo. En agosto, por primera vez desde enero, se puede mirar el año completo de una sola vez y ver la forma que tiene. Lo que crece y lo que solo abulta. La conversación que lleva meses pendiente. El proyecto que sigue vivo únicamente porque nadie se ha atrevido a cerrarlo.

Yo hago un ejercicio pequeño, casi ridículo de lo simple que es. Una hoja y tres preguntas. Qué voy a dejar de hacer en septiembre para que quepa lo importante. Qué decisión llevo aplazando desde marzo con la excusa de que no era el momento. A quién de mi equipo tengo que decirle algo que todavía no le he dicho. No hace falta contestarlas el mismo día. Basta con dejarlas escritas y volver sobre ellas antes de que termine el mes. La tercera suele ser la más incómoda y también la que más cambia las cosas.

He visto las dos versiones de esta historia muchas veces, y no solo dentro de casa. Empresas que llegan en septiembre sabiendo qué van a soltar, y empresas que llegan con energía y sin rumbo, dispuestas a decir que sí a lo primero que entre por la puerta. A final de año las dos están igual de cansadas. Solo una de ellas está donde quería estar.

Lo interesante es que ninguna de las tres preguntas se responde con datos. Tenemos más información que nunca sobre casi todo y, aun así, decidir qué merece la pena hacer en los próximos cuatro meses sigue sin poder delegarse. Ninguna herramienta va a decidir por usted qué deja de hacer. Eso es criterio, y el criterio necesita silencio para formarse.

Dentro de unas semanas volveremos todos a la misma escena: la bandeja de entrada, el primer comité, la sensación de que hay que recuperar el tiempo perdido. Quien llegue con las decisiones tomadas dirigirá su cuatrimestre. Quien llegue a decidir sobre la marcha lo hará según le vaya llegando.

Septiembre no empieza el día uno. Empieza el día de agosto en que uno se sienta, sin reloj y sin pantalla, y se atreve a elegir en qué quiere que se le vaya el resto del año.

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