Barcelona 1936

LA OPINIÓN

Publicado: 16 ago 2026 - 04:15
Instalación de la Olimpiada Popular de Barcelona.
Instalación de la Olimpiada Popular de Barcelona.

El 16 de agosto de hace 90 años, terminaba uno de los espectáculos deportivos más grotescos de la historia. Hitler clausuraba los Juegos Olímpicos que la Berlín del Tercer Reich nunca debió acoger. El dictador consideraba los deportes una pérdida de tiempo y se resistía a ver sus calles contaminadas de multirracialidad. Fue su ministro patizambo quien insistió en el evento para camuflar la amenaza. Goebbels lo arregló todo: se retiraron carteles antisemitas, se detuvo a vagabundos y gitanos, Speer levantó un estadio para más de 100.000 personas, Riefenstahl engañó al planeta con su cámara y Carl Diem se sacó de la chistera el relevo del fuego de Olimpia para dulcificar las aristas con pinceladas clásicas. Berlín se convirtió en un micromundo de poliespán, un trampantojo en el que la ciudad era una caverna y el resto del mundo, condenado a ver sombras.

Los Juegos de la XI Olimpiada fueron en Berlín porque en 1931 le ganó la partida a Barcelona en una sesión celebrada en la ciudad condal. Con la llegada del Führer al poder y su persecución judía, la posibilidad de un boicot internacional cobró fuerza. Estados Unidos, Reino Unido o Francia mostraron sus reticencias, pero ante las promesas alemanas de no discriminar a nadie por razones de raza o religión, cayeron en la trampa. España fue el único país que permaneció fiel a los valores universales. La Segunda República, recién iniciada por el Frente Popular tras la legítima victoria en las urnas, decidió no acudir a los Juegos de Berlín levantándose en pie de guerra contra el racismo y el oprobio del régimen de Hitler.

Ante el horror, crearon su propio evento. Con una iniciativa obrera y popular se erigió desde la ciudad que había perdido la elección, una respuesta antifascista y alternativa a la patraña nazi con el único propósito de defender la paz, la igualdad de razas y la verdadera hermandad entre los pueblos. Unos principios tan cacareados en la Carta Olímpica de Pierre de Coubertin hasta que su amigo Hitler decidió saltárselos a la torera.

La Olimpiada Popular de Barcelona fue un canto a la libertad que no solo contempló las realidades estatales, también regionales o locales. Palestina o Argelia, territorios no reconocidos, tenían su espacio e incluso Galicia, con régimen nacional tras haber presentado su estatuto tres semanas antes, acudió con una delegación de 60 deportistas liderada por la nadadora Carmiña Ruibal, del Marítimo de Pontevedra.

La reacción de los pueblos fue un multitudinario grito de paz: 6.000 deportistas procedentes de medio centenar de delegaciones se dieron cita en Barcelona. El 17 de julio los participantes se alojaron hasta en casas de familias obreras, ante el desbordamiento hotelero. El 18, en medio del concierto inaugural del chelista Pau Casals, el “‘Himno de la Alegría” dejaba de sonar inesperadamente. El golpe de Francisco Franco llegaba a la península y la Olimpiada era suspendida. Los deportistas no pudieron competir en la pista, pero completaron su rebelión de la forma más épica. Franceses, alemanes, italianos y muchos palestinos, entre otros, fueron los primeros voluntarios en sumarse a la defensa en armas de la República sitiada.

Barcelona 1936 nunca se llegó a celebrar por otra guerra. Pero permanece en la memoria como el abrazo a todo lo diferente cuando la oscuridad se cernía sobre los débiles. Los perseguidos e incomprendidos. Los exiliados. Las mujeres. Las dignidades atropelladas y las banderas arrancadas.

Tres años después de Berlín, Hitler invadió Polonia.

@jesusprietodeportes

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