Luis Carlos de la Peña
CAMPO DO DESAFÍO
Las nuevas generaciones vivirán mejor
Alrededor todos se llamaban Rubén.
Para distinguir a todos los Rubenes, tuvo que hacer un esfuerzo de ingenio considerable. De pronto estaban Rubi, Rubo, Ben, Ru. También “el cagallón”, aunque eso fue por motivos tan obvios como necesarios. Y fue así como Rober repartió de manera sucesiva todos los motes entre una decena de Rubenes.
Algunas veces, en mitad de la desidia de los comentarios de texto, alguien decía en alto y al aire “¡Rubén!”, y la sincronización de cabezas levantándose de la libreta de anillas se convertía en una visión de condecoración olímpica.
Rober solía ser un niño estudioso.
Tenía la raya del pelo con la rectitud rigurosa de autopista castellana, un gusto cuestionable para la moda y esa actitud entrañable de quien escucha de manera desinteresada.
Rober y sus resultados escolares impecables, el que nunca levantaba la voz ni molestaba a nadie a su alrededor.
Estuvo a punto de mearse una vez por no interrumpir al de Lengua en mitad de un dictado.
Pero Rober era así, cumplidor de todas las indicaciones de comportamiento establecidas. No sería culpa suya no llegar al sitio ese tan lejos a donde todo el mundo le decía que había que llegar.
Al terminar el curso, decidió celebrar una fiesta por su cumpleaños.
Invitó a todos los compañeros de su clase. A los Rubenes, incluso al cagallón, aún a sabiendas de todos los posibles finales. También invitó a Miriam, Eva y Lucía.
Al ser Rober una persona tímida, escribió a mano todas las invitaciones que recortó en forma de tarjeta de visita.
“Esto es una invitación para mi 13 cumpleaños. Será el sábado 10 en la hamburguesería Charly a las 18:00. Habrá merienda y bebidas. Atentamente: Roberto (Casal, no Estévez)”.
Colocó las tarjetas una a una en cada uno de los pupitres del aula, a la vista y con el esmero que Rober utilizaba en todas sus acciones.
La noche del 9 de julio, Rober apenas pudo dormir.
Llegó una hora antes acompañado de su madre, porque Rober no entendía que era eso de no estar con el tiempo necesario para comprobar que cada cosa estaba en su sitio. A la madre la echó a las17:45. Un anfitrión no necesita la supervisión de nadie, mucho menos de una madre insegura.
Pasaron los minutos, y Rober mantenía su postura erguida en la silla que presidía la mesa del festín.Pasaron los minutos, más de 40, menos de 70, y al Charly, no había ido nadie.
Hizo tiempo antes de regresar a casa. Por disimular y no tener que dar explicaciones. Que de no llevar regalos, nadie se daría cuenta.
Cuando su madre preguntó, él sonrió y susurró con firmeza “todo ha ido según la lógica, pero, ¿sabes? el próximo año quiero ir a otro colegio, uno que esté muy muy lejos”.
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