La tentación de la causa única

TRIBUNA

Publicado: 03 ago 2026 - 05:10
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Los seres humanos poseemos una peculiar tendencia cuando intentamos explicar, de una manera más o menos sencilla, problemas más o menos complejos.

Y así lo hacemos constantemente, ante una tragedia, un desastre natural o un comportamiento violento. Sostiene Aloysius que encontrar un único culpable provoca la tranquilidad de una comunidad. En cierta manera, es un intento de poner orden en el caos, luz en la oscuridad, y anestesia en el dolor.

Pero la ciencia resulta tremendamente terca. Lleva décadas enseñándonos precisamente lo contrario. Porque los fenómenos más relevantes suelen ser realmente el resultado de múltiples factores que interaccionan entre sí.

En el año 2002, el psicólogo y genetista neozelandés Avshalom Caspi y su equipo, publicaron los resultados de su célebre trabajo sobre la interacción de los factores genéticos y ambientales en el desarrollo humano.

Este estudio reveló que los niños portadores de una variante genética de baja actividad de la enzima monoaminooxidada tipo A (MAOA) tenían un mayor riesgo de desarrollar conductas violentas y antisociales en el futuro. La MAO está implicada en la regulación de varios neurotransmisores cerebrales como la serotonina, la dopamina y la noradrenalina.

Pero, los grandes incendios responden la misma lógica descrita hace años por Caspi: surgen de la interacción de múltiples factores.

Pero, sorprendentemente, esta circunstancia sólo acontecía en aquellos niños que habían sufrido abusos durante su infancia. La conclusión fue clara: ni el gen defectuoso ni el maltrato infantil podían explicar de manera aislada todos esos casos.

Era precisamente la interacción entre la vulnerabilidad biológica y el ambiente adverso lo que justificaba el incremento del riesgo. Aquel brillante estudio no cerró ningún debate, sino que abrió otro mucho más intenso.

Ahora vamos a aplicar un modelo científico similar para interpretar la tragedia de los incendios forestales que cada año arrasa España. Quizá con demasiada frecuencia buscamos un único culpable, ya sea el cambio climático, un pirómano, una negligencia, una tormenta eléctrica o la falta de medios de extinción. Pero, los grandes incendios responden la misma lógica descrita hace años por Caspi: surgen de la interacción de múltiples factores.

Indudablemente el aumento de las temperaturas y las sequías favorecen la inflamabilidad de bosques y campos. El abandono rural acumula enormes cantidades de combustible vegetal. La desaparición del pastoreo reduce la limpieza natural del monte. Determinadas políticas forestales han generado masas persistentes de vegetación altamente inflamable. La expansión de viviendas en el interfaz urbano-forestal incrementa la exposición al riesgo. Y finalmente una maldita chispa, accidental o intencionada, desencadena el desastre. Ninguno de esos factores explica por sí mismo los incendios extremos. Todos contribuyen a ello.

El problema radica en que cuando nos conformamos con explicaciones unidimensionales, como por ejemplo la emergencia climática o la ineficacia de las administraciones públicas, volvemos a caer en la trampa de las soluciones únicas. Y así nos va.

La principal lección que nos deja la ciencia, ya sea la genética o la ecología, es que los sistemas complejos nunca obedecen a causas unívocas. Porque en un mundo cada día más complejo, tal vez la mayor amenaza no sea el fuego, sino nuestra persistente inclinación a buscar respuestas demasiado simples.

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