Cualquier tiempo pasado no siempre fue mejor

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Publicado: 09 may 2026 - 05:40
Isaac Pedrouzo
Isaac Pedrouzo | La Región

Aquel año eras diferente. Los horarios se establecían por el humor, por la luz, por las ganas de cuando te acabas de levantar. Pero sobre todo estaban atados a una anarquía incontrolable. Todo era distinto. Tu casa estaba llena de libros. Libros llenos de polvo. Tus amigas probaban maquillajes nuevos y en televisión todavía se podía ver el Súper Martes. Atilano, Super Piñeiro.

Los coches aparcaban fuera, en las calles, sin garaje. Algunos profesores todavía levantaban la mano. No aprendíamos nada, pero estudiábamos. Las mesas de terraza no ocupaban tanto espacio, y en los atascos de Mariñamansa no podías ver nunca el final. El final del cuento, el final de otro año.

Quedaban tres cines. Cuatro. Había más adoquín que asfalto. A la hora de comer las noticias, una mandarina, alguien roncando en el sofá, y tu hermana sobre la cama, escribiendo cartas que, es probable, nunca le fuesen a contestar.

El zumbido del Messenger, verde en línea, inactivo amarillo.

Dar las buenas noches, hasta mañana si Dios quiere. Y el cabecero de la cama de tus padres golpeaba la pared de manera intermitente. Tres minutos. Cuatro. Ponerte los cascos y el volumen muy muy alto.

La estación de autobús demasiado lejos, los trenes tardaban mil años, y tú leías, dormías, o mirabas por la ventana, a veces conocías a un extraño. Cómo estás. Yo bien. No parece que hoy vaya a llover.

Te escondías a fumar en el bar de abajo. El suelo lleno de serrín, y al fondo un gol traicionero de Luis Figo.

Comprabas cedés en Peggy, aunque en Tipo eran más baratos. Desgastabas los libretos, memorizabas los estribillos, sin idioma, qué más da, al final todo habla de lo mismo. No te gustaba el digipack, qué manía con cambiar algo que no hace falta cambiar.

Y las faldas eran demasiado cortas y los pantalones demasiado anchos. Los chicos del parque de San Lázaro tenían nombres distintos, raros. Izan, Yeray. Y los domingos nunca quedaban Monchitos. Y me escribías: hoy tampoco estaba él.

Te escondías a fumar en el bar de abajo. El suelo lleno de serrín, y al fondo un gol traicionero de Luis Figo. El café con hielo y Bayley’s, abreviar las palabras de los mensajes. Q tal. Dnd tas. Ns vms. Cnt ya. El mensamanía agotado a los pocos días.

Dormir los viernes en casa de alguien, y no dormir, y escaparse y salir por ahí. Volver cuando ya es por la mañana, parar en la misa de 8 de Santa Eufemia, esquivar algunas calles, que no vean el paseo de la vergüenza.

Correr para no ver a tu madre que salía temprano porque compraba todo en tiendas de barrio.

Y volver y echar la siesta de antes de comer. La de después también. Temblar cada vez que sonaba el teléfono fijo. Destemblar porque otra vez es la tía Ana, que se ha vuelto a encontrar mal.

Aquel año eras diferente. Todo lo era supongo.

Los libros, es probable, siguen llenos de polvo.

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