LA CIUDAD QUE TODAVÍA ESTÁ
Los tilos del convento de San Francisco
LA CIUDAD QUE TODAVÍA ESTÁ
Habitamos una ciudad fuera del tiempo. Esto podría ser una alegría exótica para un visitante hace 50 o 60 años, porque encontraría a una vieja ciudad episcopal, intacta, pura memoria echada hacia afuera. Auria, como decía Cunqueiro, era una “pequeña Compostela”, conservada en piedra y dueña de un atraso pintoresco, aunque casi no queda nada de eso. Esta ciudad, o lo que sea que es, se ha apartado de aquel pasado humilde para estallar en el cataclismo por desidia. Cuando se deja de saber quién eres y en tu pequeña cabeza rebotan los flashes de cualquier golosina de fuera, estás moralmente perdido. Es el fin.
Además, algunos no parecen darse cuenta. No estamos asistiendo a eventos climáticos traviesos que nos castigan con algunas noches sin dormir o hacen durar menos los helados, sino a una transformación catastrófica del clima. Habitamos el colapso. Y cada ola de calor y cada riada no son excepciones en “lo de toda la vida”. Estamos entrando en lo abominable. Por eso, en una ciudad talada, donde el árbol es el enemigo y el coche el ciudadano de primer orden, la llegada de estos veranos apocalípticos se sienten como un castigo doble. Sólo el loco corre hacia el incendio. Sólo el loco tala los árboles que dan sombra, respiran por nosotros y refrescan el ambiente con su transpiración poderosa. Sólo el loco. Sólo en Auria.
Así, mientras la ciudad se va convirtiendo en una plaza dura que se carga de sol durante el día para soltar el calor por la noche, como una enorme isla de hormigón incandescente, las pocas sombras naturales se cotizan por imposibles. Ahora que la ciudad ya no tiene jardín del Posío, sino una paletada insulsa y sin árboles viejos, la cosa se pone más difícil todavía. Imagino que cada uno tendrá sus pequeños rincones si todavía son posibles. Si se hace una matemática simple y nos creemos los datos, en Auria toca apenas un árbol para cada 25 personas, sin olvidar que más de la mitad de los árboles son alevines raquíticos que viven en macetas y pequeños alcorques y apenas son capaces de sombrear insectos. Siendo generosos y posibilistas quizá un árbol real para 100 o 200 personas. Nada que ver con la ratio de un árbol grande y crecido por habitante que tienen ciudades bien planteadas como Oslo o Estocolmo, lugares que han comprendido que los humanos somos naturaleza, necesitamos la presencia de lo verde para poder vivir y nuestra salud física y espiritual depende directamente de los seres superiores, esto es, de los árboles y plantas. En las orillas del cementerio, en lo que queda del claustro de San Francisco sobreviven unos pequeños tilos que alguna gente que sabe, gente mayor, utiliza como sombra y reposo. Junto a unos bancos de piedra antiguos, que habrán pasado desapercibidos para la piqueta municipal, aquí se conversa un rinconcito de tranquilidad fuera de esa autopista de ruido y violencia que es la calle Emilia Pardo Bazán. Hace unos días estaban florecidos, con ese aroma maravilloso y los compuestos esenciales de la tila, que arropan al conversador y lo acunan, calmándole los nervios, pues son árboles para neuróticos que las sociedades filosóficas como la alemana han sabido siempre cultivar en generosas alamedas. En esta Auria del fin del mundo, rasurada como un desierto de hormigón, la presencia de un arbolito es un milagro que hay que celebrar. Hay que visitarlo y quizá mantener el secreto, por si se enteran los cabecicubos de la motosierra y acaban con él.
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