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TINTA DE VERANO

Publicado: 24 jun 2026 - 03:50
Opinión en La Región
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Al recordar la historia económica de Ourense, es frecuente que sean masculinos los nombres propios que acuden a la memoria, ocupando así el relato oficial de una ciudad que también se ha construido gracias al trabajo de muchas mujeres, con presencia menos visible. Unas veces, porque desarrollaron su actividad en sectores discretos; otras, porque la costumbre hizo que sus logros parecieran algo natural y no una excepción digna de recuerdo.

Pero no siempre fue sencillo abrirse camino. Hace apenas unas décadas, muchas profesionales tuvieron que desenvolverse en entornos donde las responsabilidades directivas seguían siendo territorio masculino. La conciliación, las dificultades para acceder a determinados puestos o incluso la necesidad de demostrar continuamente una valía que se daba por supuesta en otros casos formaban parte de una realidad menos lejana de lo que pueda parecer hoy.

Fue precisamente en 1986 cuando nació la Asociación de Mujeres Empresarias y Profesionales de Ourense (AME). Aquel grupo inicial apenas reunía a unas pocas pioneras, pero compartía una intuición que con el tiempo demostraría ser acertada: que las redes de colaboración también son una forma de capital. Y que, frente al aislamiento, la mejor respuesta consiste en compartir experiencias, establecer vínculos y ayudarse mutuamente a crecer.

Con el paso de los años, la asociación fue ampliando su presencia y acogiendo perfiles muy diversos. Comerciantes, abogadas, farmacéuticas, directivas o autónomas encontraron en ella un espacio común. Más allá de las cifras, o del número de asociadas, lo verdaderamente importante era otra cosa: demostrar que el emprendimiento femenino no constituía una rareza, sino una parte esencial del tejido económico de la provincia.

Quizás porque tendemos a asociar el progreso con las grandes infraestructuras, olvidamos a menudo la importancia de estas pequeñas estructuras humanas. Una ciudad no avanza solo gracias a carreteras o edificios emblemáticos. También progresa cuando se crean comunidades capaces de intercambiar conocimientos, impulsar proyectos y generar confianza. El capital social, aunque menos visible que el hormigón, es mucho más decisivo.

De hecho, la fortaleza de una sociedad se mide por la vitalidad de sus asociaciones. Cuando las personas se organizan, dialogan y cooperan, existe una base más sólida para afrontar las dificultades. Y eso vale tanto para las instituciones culturales como para las empresariales. Las ciudades que pierden ese espíritu asociativo corren el riesgo de convertirse en una simple masa de individuos, cada cual encerrado en sus propios problemas.

Tal vez por eso es significativo que la AME haya iniciado la semana pasada una nueva etapa desde el histórico Liceo. Hay algo simbólico en ese regreso al corazón de la ciudad. Como si tradición y modernidad pudieran encontrarse bajo un mismo techo. Porque la defensa del patrimonio no consiste únicamente en conservar edificios, sino también asegurar que continúen siendo espacios vivos al servicio de nuevas generaciones.

Desde aquí, mucha suerte a la nueva presidenta, Elena Ribao, en su nuevo cometido. Los cambios verdaderamente profundos rara vez se producen de manera estruendosa. Llegan despacio, sin ruido, hasta que un día descubrimos que lo que antes parecía excepcional se ha transformado en algo normal: conseguir que la presencia femenina en la vida económica deje de ser noticia para convertirse en una vocación que nuestra ciudad respete y AME.

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