José Antonio Constenla
La tiranía de no intentarlo
Tras el varapalo del último informe PISA, que sitúa a los alumnos españoles por debajo de la media de los países miembros de la OCDE en matemáticas, lectura y ciencias, lo que muestra un importante retroceso respecto a los niveles de hace una década, alguien debería preguntarse por qué ha sucedido esto.
Hace algunos años, Michael Sandel, profesor de Harvard y uno de los intelectuales “woke” más influyentes de la izquierda anglosajona, publicó el ensayo “La tiranía del mérito”, en el que advertía de la arrogancia de los defensores de la meritocracia, por entender que estos sucumbían a la tentación de creer que quien ha llegado arriba lo ha conseguido exclusivamente por su talento y su esfuerzo, olvidando la familia en la que nació, los profesores que tuvo, las oportunidades que se encontró por el camino o esa vieja compañera de viaje llamada suerte.
El problema del argumento de Sandel es que se ha pasado de rebatir la arrogancia de los mejores, a sospechar del mérito mismo, reduciéndolo a superstición neoliberal. Si el éxito puede generar soberbia, procuremos que nadie destaque demasiado. Si algunos han tenido más oportunidades, hagamos que la diferencia entre esforzarse y no hacerlo pese cada vez menos. En definitiva, en lugar de levantar a quien está abajo, bajamos la altura de la escalera. Manera curiosa de combatir la desigualdad
Las sucesivas reformas educativas de nuestro país han hablado mucho de igualdad, inclusión, comprensión y adaptación, conceptos todos ellos perfectamente defendibles. Pero una cosa es intentar que todos tengan oportunidades y otra muy distinta pensar que para conseguirlo debemos rebajar continuamente la exigencia. Parece que no hay nada más “progresista” que decirle a un estudiante que las matemáticas no importan demasiado, que leer con dificultad no supone un problema o que esforzarse más que los demás puede resultar incómodo para quienes no lo hacen.
Yo no quiero una sociedad de triunfadores arrogantes que crean que todo lo que tienen se lo deben a sí mismos
El pasado curso coincidí con un grupo de chavales que a la salida de clase comentaban con total normalidad, como quien comenta el resultado de un partido de fútbol en el patio, su número de suspensos. Me hizo gracia porque recordé que nosotros también lo comentábamos. La diferencia es que entonces un suspenso dolía porque había que llegar a casa explicarlo y poner los medios para estudiar más y recuperar en septiembre si no querías tener problemas. No creo que aquella educación fuera perfecta, ni mucho menos. Pero al menos transmitía una idea que hoy parece incómoda: hay cosas que cuestan y hay que esforzarse para conseguirlas.
Sin embargo, una sociedad que dice a sus hijos que no hace falta esforzarse porque de todos modos aprobarán, que destacar resulta sospechoso y que soñar demasiado alto es una extravagancia, acaba produciendo exactamente lo contrario de lo que pretende. No ciudadanos iguales en dignidad, sino ciudadanos iguales en expectativas bajas.
Yo no quiero una sociedad de triunfadores arrogantes que crean que todo lo que tienen se lo deben a sí mismos. Sandel tiene razón en eso. Pero tampoco quiero una sociedad que, para que nadie se sienta inferior, termine diciéndole a todos que no merece la pena intentar llegar más alto.
La humildad de los que triunfan puede ser una virtud, pero desde luego, la resignación de los que ni siquiera lo intentan no lo es.
Contenido patrocinado
También te puede interesar
Lo último
INFORME DE LA SEOPAN
La cuenca Miño-Sil requiere 1.500 millones de inversión
CRECE UN 15,8%
O Ribeiro suma 9,4 millones de kilos de uva en la vendimia
CULTURA Y TRADICIÓN
El Museo Galego do Entroido no tiene fecha de reapertura
CONSERVAR LA AUTONOMÍA
Afaor: la gran lucha silenciosa contra el alzhéimer por conservar la memoria