Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
Una mina
HISTORIAS INCREÍBLES
El sargento se repantigó en la mejorable butaca roja y gualda, de cuero viejo. Pasó el humedecido dedo sobre su enorme mostacho, carraspeó, y hasta escupió un minúsculo trozo de tortilla que entre los dientes le molestaba un poco. Los escuchó abriendo mucho los ojos. Su aspecto fue pasando de un tipo con apariencia cordial, a otro ya muy preocupado. Juró… que reforzaría la vigilancia del pueblo.
Por aquellos poblados comenzó a correr el miedo. A la caída de la tarde se despertaba el recelo. El agua que caía impertinente sobre las ventanas o el viento que ululaba creaban aquel clima sofocante, aquel ambiente en el que cualquier cosa dejaba de ser lo que era para convertirse en un espectro. Ellos sabían que no existían, pero la realidad es que aquella atmósfera se iba condensando y era como si los espíritus de la noche se fuesen a hacer, en cualquier momento, corpóreos.
El cura y el pastor de la congregación tomaron discretamente un piscolabis en secreto. Les parecía que por su oficio debían intervenir para devolver a sus parroquianos la calma.
Era tal el desasosiego que cualquiera podía sentir cómo si una mano de ultratumba les tocara el cabello. Llegaba con eso para que un escalofrío les arrebatase de arriba a ajo y les hiciese estremecer y temblar como lo hacían las hojas de los árboles en los meses de abril o mayo. Hombres fortachones acostumbrados a herir la tierra con los fríos útiles de labranza, o a tumbarse bajo la mecánica de los tractores o los automóviles para examinar sus barrigas de tornillos, cables y chatarra…o mujeres de armas tomar, de pechos grandes como tinajas… se convertían en enclenques, en tímidas niñas y niños sobrecogidos y amedrentados, que respiraban de manera entrecortada.
El cura y el pastor de la congregación tomaron discretamente un piscolabis en secreto. Les parecía que por su oficio debían intervenir para devolver a sus parroquianos la calma. De todas maneras, ellos tampoco las tenían todas consigo y llegaron a pensar si aquello tendría su origen en las mentes más frágiles, o más desequilibradas, o si más bien serían manifestaciones del más allá. Al fin acordaron hacerles una visita a los guardias. Y si eso, tocarían a rebato.
Se explicaron como pudieron. En cada puerta de todas las casas de los pequeños pueblos, a partir de la entrada de la noche, unas manos negras golpeaban y llamaban con fuertes golpes. Se formaba una cadena del miedo. Nadie abría las puertas o las ventanas ante tales fastidiosos requerimientos, perturbadores y empalagosos golpes. Juraban los vecinos que eran manos amputadas, viejas, negras, esqueléticas, que se repartían como arañas negras por las calles embarradas. Hay quien le aseguraba que, a veces, la luna dejaba de ser un astro y de ella caían goteando, serpientes de aire, caracoles, culebras de agua y cien mil insectos gordos y feos.
-¿Qué le parece?
Tosió otro poco y aflojó el cinto negro de cuero, el de la chapa con el águila y 32 agujeros que le sujetaban el pantalón vaquero.
-Me parece -dijo el sargento- que sólo es miedo. Conviene predicar sin asustar al pueblo. La mentira es el verdadero espectro, el que nos mete el temor en el cuerpo a la oscuridad siniestra, en la que habitan las brujas, adivinadoras, nigromantes, supuestos clérigos y hechiceros.
Podía ser primavera, verano, otoño o invierno. Se oían tocar las campanas a rebato. Se rio el sargento chabacanamente para sus adentros.
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