CARTAS AL DIRECTOR
El ocupa de Moncloa
A estas alturas de la narrativa, la una y la otra, no estoy dispuesto a recordar la guerra civil española como una historia de buenos y malos. Porque uno lleva encima demasiadas lecturas, demasiados testimonios, demasiadas vivencias personales, sociales y familiares, como para caer en el superado maniqueísmo de las dos Españas machadianas.
Pero talmente parece que algunos se han quedado a vivir en la tragedia del 36 y sus ramificaciones. O en su añoranza existencial. Como si quisieran reabrir la herida por una enfermiza necesidad de reconocerse en el odio al otro. Es una simpleza afrontar el asunto como un actualizado motivo de confrontación con partituras argumentales de 2021. Y digo simpleza por no decir enfermedad, cuando la necesidad de elegir bando noventa años después cursa como una verdadera patología, como un trastorno de obligado tratamiento psiquiátrico.
David Uclés, en pleno subidón por el éxito editorial de su libro “La península de las casas vacías” (excelente, recomendable, no se lo pierdan) se ha borrado de un evento interdisciplinar donde voces de distinto pelaje político, ideológico, económico, social, académico. etc., iban a tratar de “la guerra que perdimos todos”.
No ha soportado el joven y talentoso escritor la idea de compartir el cartel de actuantes tan connotados con la derecha del espectro como el expresidente del Gobierno José María Aznar y el exdirigente de Vox Iván Espinosa de los Monteros. El caso es que cundió el ejemplo y tras él comunicaron su espantada a los organizadores del ciclo “Letras por Sevilla” (el académico Pérez Reverte) otros nombres igual de connotados, en este caso con la izquierda. Entre otros, Antonio Maillo, coordinador de Izquierda Unida, y Carmen Calvo, exdirigente del PSOE y presidenta del Consejo de Estado en la actualidad.
El evento, que iba a celebrarse en Sevilla, ha sido suspendido porque el ruido de estas renuncias ha espoleado en las redes sociales a quienes estaban dispuestos a multiplicarlo sobre el propio terreno para impedir el evento. Pero no entiendo la aversión al hecho político y moralmente asumido de que en la Guerra Civil “perdimos todos”. Solo puede explicarse por un patológico miedo al diálogo si no se asume desde el principio que los míos fueron buenísimos y los otros malísimos.
Se llama intolerancia. Encaja en mentes expropiadoras de la verdad, cerradas a la duda como método. En el caso que nos ocupa, consiste en denunciar el golpe de Franco de 1936, cuya bárbara quiebra de la legalidad republicana nadie niega, sin dejar ningún margen a las voces que entonces y ahora defienden la inevitabilidad de aquel dramático choque de trenes. Escucharlas serviría al menos como fuente de enseñanzas de las que beber para que no se repita jamás.
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