Juan M. Casares
CASTELLUM HONESTI
A Galicia da excelencia
CAMPO DO DESAFÍO
Hace un siglo bien cumplido, en 1917, Antonio Ruiz, el hoy olvidado Azorín, tomaba el tren en la madrileña estación de Delicias rumbo a Galicia. “En la estación montamos en un tren largo, viejo y lóbrego. Lentamente comienza a andar el convoy. En la soledad, en la lentitud y en el silencio, nos disponemos a meditar; a leer un libro o un periódico. Las horas van pasando, iguales y monótonas; nuestro cerebro está lleno de los tableteos, chirridos y estrépito de este tren arcaico y pausado”. Este diario titulaba, estos días, en portada a cuatro columnas: “El AVE vuelve a ser una trampa para millares de viajeros en Galicia”. Los usuarios, atrapados en el tren o en la estación de Ourense, se consideran tratados como ganado, categoría animal todavía por debajo de la de ciudadanos.
No tiene suerte Galicia con el tren, quizá tampoco con los aeropuertos. Será verdad que en un país de tradición centralista como el nuestro, la condición periférica es una condena. Al poco de que Azorín escribiera el puñado de apuntes para el volumen El paisaje de España visto por los españoles, una generación de galleguistas dirigía sus miradas hacia Portugal, el país vecino y hermano. En la ensoñación de la antigua Gallaecia conspiran todavía algunos gallegos cuando sienten que España nos olvida y maltrata. Sería un saltar de la sartén para caer en las brasas.
Por eso dura y porque es la alternativa para cuando Pedro Sánchez dé por concluida su etapa. Por todo ello se protege a Puente.
En democracia, la ciudadanía acostumbra hacer uso de sus derechos y, entre ellos, el de la protesta y aun el de la censura a sus responsables políticos. Si la política española no estuviera tan dedicada a la caza mayor, alguien reclamaría explicaciones de un ministro que lleva tiempo en el ojo del huracán ferroviario. Me refiero, claro, a Óscar Puente, el titular de la cartera de Transportes y Movilidad Sostenible. El ministro Puente habrá salvado varias veces su cabeza por ejercer el estilo aguerrido y necesario que el momento político, del presidente Sánchez, precisa. Nadie como él, en el Gobierno, tiene la capacidad para aguantar impávido el chaparrón de los trenes con problemas y además responder con contundencia las críticas de la oposición. Por eso dura y porque es la alternativa para cuando Pedro Sánchez dé por concluida su etapa. Por todo ello se protege a Puente.
El AVE a Galicia, desde la perspectiva política española y también desde la técnica de Adif o la operadora Renfe, fue una obra que precisó de férreas voluntades políticas, recursos económicos cuando no los había y alardes de justificado orgullo ingenieril. Todo ello no merece ahora desbaratarse por una gestión política y técnica que exige enmienda y explicaciones. El lamento ferroviario de Azorín, en 1917, no puede ser la crónica del presente.
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