Trump, Rusia y el precio del petróleo

CUENTA DE RESULTADOS

La apertura de Trump al diésel ruso plantea dudas sobre la coherencia de las sanciones, debilita la posición negociadora de Ucrania y obliga a Europa a revisar su dependencia energética y militar.

Publicado: 25 oct 2026 - 05:10
Trump y Putin durante su encuentro en Alaska el 15 de agosto de 2025.
Trump y Putin durante su encuentro en Alaska el 15 de agosto de 2025. | Europa Press

La política exterior de Donald Trump está sometida a una paradoja cada vez más visible: Estados Unidos conserva su superioridad militar, económica y tecnológica, pero algunas de sus decisiones amenazan con reducir su influencia. La posibilidad de flexibilizar las sanciones al diésel ruso, mientras Washington mantiene su presión sobre Irán y reclama concesiones a Ucrania, resume las dificultades de una diplomacia que privilegia los resultados inmediatos sobre la coherencia estratégica.

La comercialización temporal de hasta 4,8 millones de toneladas de combustible ruso responde a una preocupación comprensible: contener los precios energéticos antes de las elecciones legislativas de noviembre. Sin embargo, cualquier excepción a las restricciones impuestas tras la invasión de Ucrania plantea interrogantes jurídicos y políticos. Una medida destinada a aliviar el mercado puede terminar reforzando los ingresos y la posición negociadora de Moscú.

El presidente Trump sostiene que su diplomacia transaccional permite recuperar libertad de acción y negociar con los adversarios. Sus críticos advierten de que las concesiones anticipadas reducen los incentivos para alcanzar acuerdos equilibrados. Ambas interpretaciones deben contrastarse con los resultados, pero existe el riesgo de entreabrir negociaciones con Rusia y facilitar ventajas económicas sin obtener compromisos verificables sobre el fin de su agresión.

La búsqueda de energía barata puede terminar proporcionando a Putin una ventaja diplomática con consecuencias para Europa

La supuesta tregua energética anunciada por Washington añade incertidumbre. Si solo protegiera las refinerías y las instalaciones petroleras, sin extenderse a la generación y distribución eléctrica, sus efectos serían desiguales. Rusia preservaría infraestructuras esenciales para sus exportaciones, mientras Ucrania seguiría expuesta a ataques contra servicios indispensables para su población. Una tregua eficaz exigiría reciprocidad, mecanismos de supervisión y garantías concretas.

El Kremlin lleva años apostando por una guerra de desgaste que erosione la voluntad occidental de sostener a Kiev. No necesita derrotar militarmente a la OTAN para beneficiarse de sus divisiones. Le basta con prolongar el conflicto, explotar las necesidades energéticas de sus adversarios y presentar cada flexibilización de las sanciones como una confirmación de su resistencia.

La Unión Europea tampoco está libre de contradicciones. Mientras defiende el aislamiento económico de Moscú, continúa importando gas natural licuado ruso. La dependencia acumulada durante décadas no puede eliminarse de manera instantánea sin costes, pero mantenerla de forma indefinida debilitaría la credibilidad de una estrategia basada en reducir los recursos disponibles para financiar la guerra.

La crisis iraní complica todavía más el panorama. La superioridad militar de EE UU no garantiza estabilidad en Oriente Próximo, donde las amenazas sobre las rutas marítimas y las instalaciones petroleras repercuten sobre los precios. Donald Trump intenta contener, a la vez, las consecuencias económicas de sus decisiones militares y el coste político de la inflación energética. Para Ucrania, el peligro reside en perder capacidad de presión antes de negociar. Para Europa, en depender de decisiones de la Casa Blanca cada vez menos previsibles. Y para Washington, en confundir su libertad de actuación con una capacidad ilimitada para imponer resultados.

@J_L_Gomez

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