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La relación entre Estados Unidos y la Unión Europea vive uno de esos momentos que, con el paso del tiempo, se recordarán como un punto de inflexión. Las fricciones políticas –desde los gestos de desprecio del presidente Donald Trump hacia sus socios europeos hasta las dudas sobre el compromiso militar estadounidense en el continente– han trasladado la incertidumbre al terreno económico. Y ahí, donde se cruzan cifras, empleos e inversiones, el vértigo es mayor.
La retórica política es estridente, pero los datos obligan a la prudencia. La asociación económica entre la UE y EEUU es la más integrada del mundo. En 2024, el comercio bilateral de bienes y servicios superó los 1,68 billones de euros. Juntos concentran cerca del 30% del comercio mundial y el 43% del PIB global. No es una relación más: es la columna vertebral del sistema económico internacional construido tras la Segunda Guerra Mundial.
Sin embargo, ese andamiaje se está reconfigurando. En 2025, Washington ha optado por introducir un arancel general del 15% sobre importaciones europeas sujetas a reciprocidad, con reglas específicas para sectores sensibles como el automóvil y con la continuidad de la protección sobre acero y aluminio. La medida se presenta como un ajuste para proteger sectores estratégicos y reducir vulnerabilidades industriales.
Desde la óptica europea, el movimiento es un recordatorio de que la interdependencia no excluye el conflicto. La UE registró en 2023 un superávit comercial en bienes de 157.000 millones de euros con EEUU. Ese desequilibrio alimenta el discurso proteccionista en Washington, especialmente en un contexto electoral polarizado.
Pero el riesgo es evidente: una escalada arancelaria dañaría a ambas partes. Las cadenas de valor están profundamente entrelazadas. Multinacionales europeas emplean a millones de trabajadores en EEUU, y empresas estadounidenses hacen lo propio en suelo europeo. En 2022, la inversión mutua acumulada alcanzaba los 5,3 billones de euros. La economía transatlántica no es una balanza simple de exportaciones e importaciones: es una red de capital, innovación y empleo compartidos.
Si hay un terreno donde el reequilibrio ha sido vertiginoso es el energético. Tras la invasión rusa de Ucrania en 2022, Europa aceleró la sustitución del gas ruso por gas natural licuado (GNL) procedente de EEUU. Washington se consolidó así como proveedor energético estratégico del continente.
Esta nueva dependencia tiene una doble lectura. Por un lado, refuerza la seguridad energética europea frente a Moscú. Por otro, aumenta la exposición a decisiones políticas y comerciales estadounidenses. La autonomía estratégica europea, tantas veces invocada en Bruselas, choca con una realidad física: el suministro energético sigue siendo un factor geopolítico determinante.
En este contexto, Rusia y China observan con interés cualquier fisura en la alianza atlántica. Una ruptura estructural entre Bruselas y Washington alteraría el equilibrio global. Pero el pragmatismo económico actúa como contrapeso frente a la tentación de la ruptura. Unos y otros saben que el mayor desafío no está en los aranceles ni en el gas, sino en la tecnología. Europa carece de un actor dominante en el mundo digital comparable a los gigantes estadounidenses. La carrera por la inteligencia artificial (IA) ha puesto en evidencia esa brecha.
@J_L_Gomez
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