Sobre el vagabundeo

LOS ASUNTOS IMPORTANTES

Publicado: 01 nov 2026 - 06:51
Un picador con el paso del tiempo.
Un picador con el paso del tiempo. | @txarka.ilustracion

Uno sospecha que no hay mejor certeza que no tener ninguna. Que es realmente terrible estar seguro de nada. Que no puede haber verdad suficiente como para arroparse de ella y cabalgar los días bajo su posesión. Tal vez sea más correcto someterse a una relatividad omnipresente en la que no habremos de dar nada por hecho salvo las realidades sagradas: que en la fuente habita la ninfa, que vivimos en un pedrolo de fuego del que somos microbiota pensante, que la muerte, la nuestra, quizá suceda hoy.

Los años, que son los grandes colocadores, calman las neuras y las ansias de significarse. La sangre late fuerte cuando necesitamos su valvuleo para construir un refugio, armar una familia, defender alguna razón. Quizá ahí hay que tener ideas duras, vestirse de cáscara, practicar el cabezazo. Al cabo habremos de llegar a los pensamientos blandos, cuando las decisiones que importan son el flan de postre, dar la razón al gato y empijamarse de octubre a mayo.

Es este lugar del espíritu, el esponjoso, el que debe dirigirlo todo, una vez nos hemos abandonado a las cosas, permitiendo que la vida encuentre su cauce, porque siempre lo encuentra, que la existencia es una sustancia líquida y cae por las paredes del tiempo hasta formar pliegues y meandros, deltas y rápidos donde no habremos de preparar ningún discurso ni tomar posición alguna sino habitar nuestra propia cuenca. Es el “todobien” que uno nunca imaginaría de niño, antes de desenmascarar la cosa suave de estar vivo, fuera de la urgencia, la épica y cualquier otra tontunada.

Vagabundear para que la vida sea leve, para que la sonrisa salga fácil, para que nada ni nadie agite el corazón más de la cuenta.

La evidencia a la que habremos de llegar es, por tanto, la blandura. La bendición del despropósito, que no es otra cosa que la renuncia a la dirección. Por eso amamos el vagabundeo desde la esquina de quien lo pruebe (acaso no ducharse un par de días en una acampada de verano, caminar toda una tarde sin rumbo fijo, fingir con los demás que hay un porqué). Es ahí donde hay que colocarse si acaso hay que colocarse en algún sitio. Vagabundear para que la vida sea leve, para que la sonrisa salga fácil, para que nada ni nadie agite el corazón más de la cuenta. Hagamos, pues, de vagabundos aplicados, cocinando sin receta, insistiendo en la siesta porque ahora mismo apetece, rodeando la ermita lo que haga falta para encontrar en los sillares marcas de cantero, hirviendo los membrillos caídos como gran aprovechamiento del otoño.

Los chinos, que son el más profundo de los pueblos superiores, han alabado siempre al vagabundo como arquetipo humano. Ese ser tan libre que no trabaja y tampoco se somete, que agradece el sol en la chepa y combate la intemperie con alegre resignación, es quien conoce la verdad de ir hacia ninguna parte. Todos habremos de admirarlo. Debemos apuntalar vagabundismos en nuestras pequeñas rutinas para conseguir un poco de dignidad en esta cosa insoportable de la programación y el rendimiento. Para eso sirve no hacer planes, abandonarse a lo que venga, despreciar las ideas fuertes. Ser vagabundo es como cortar salchichón para merendar: que sean tantas rodajas como apetezca, sin ánimo de guardar nada, insistiendo en el ahora mismo. Así vamos hacia “el misterio” de estar presentes, flaneando por la aldea propia o perdidos en alguna geografía extraña. Desinteresados, pacíficos, taoístas. Con la vitalidad suficiente como para cambiar de dirección si se nos antoja y agradecidos de lo que vamos encontrando (ese es el gran regalo, que sigan apareciendo cosas). Dueños del río en la orilla, jefes de la montaña sin subirla, habitantes de la ciudad con sólo caminarla. Hagamos vagabundeo para escapar sin huir. Para inventar unas afueras desde el centro. Para recibirlo todo sin buscar.

Contenido patrocinado

stats