Venezuela está peor con Trump

Publicado: 15 may 2026 - 00:10
Venezuela está peor con Trump
Venezuela está peor con Trump | José Paz

Cuatro meses después de la captura de Maduro, es legítimo hacer balance de una de las operaciones más extrañas, aparatosas y estériles de la política internacional reciente. Donald Trump presentó la extracción del tirano como un gesto de fuerza, pero la pregunta es si Venezuela es más libre que en enero. Y la respuesta, por desgracia, es no. Trump ha roto con la mejor tradición de la política exterior estadounidense: la que, con todas sus imperfecciones, entendía que el interés nacional de ese país debía vincularse a la expansión de la libertad y al apoyo a los pueblos sometidos por tiranías, para liberarse de ellas. En Venezuela ha hecho exactamente lo contrario. Su intervención ha sido brutal, transaccional y miope: capturar al jefe visible del régimen, negociar con quienes sostenían ese mismo régimen y mirar casi exclusivamente al petróleo. Ni siquiera en eso ha logrado una victoria limpia. La reapertura energética venezolana avanza como una tortuga entre licencias, memorandos, permisos, intermediarios, cargamentos y acuerdos parciales. Empresas como Chevron, BP o grandes intermediarios vuelven a mirar a Caracas, pero no existe una verdadera reconstrucción institucional del sector petrolero, sino un intento de reactivar una maquinaria podrida sin desmontar las estructuras que la destruyeron: PDVSA, corrupción, arbitrariedad jurídica, redes chavistas y dependencia de favores políticos.

El error fundamental ha sido no comprender el país. Trump no ha llevado al poder a Edmundo González Urrutia, el presidente que los venezolanos eligieron por amplísima mayoría en 2024, de manera fehaciente. Tampoco ha facilitado el regreso pleno de María Corina Machado ni la normalización de la oposición democrática. Ha preferido consolidar a Delcy Rodríguez, antigua vicepresidenta, ministra de Petróleo y figura nuclear del chavismo, como jefa interina de un régimen que ha cambiado de rostro pero no de naturaleza. A su lado sigue su hermano Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional y operador central del aparato político chavista. La continuidad dinástica del poder resulta típicamente comunista: Ortega y la cónyuge déspota en Nicaragua, tres generaciones de Kim en Corea del Norte… Delcy y Jorge Rodríguez no son una vía moderada, aperturista o civilizada. Son chavismo duro, puro aparato, pura supervivencia represiva. Delcy fue sancionada por la Unión Europea en 2018 por socavar la democracia venezolana. Jorge ha sido durante años uno de los grandes administradores políticos del régimen. Presentarlos ahora como gestores razonables de una transición es una ofensa a los presos, a los exiliados, a la memoria de las víctimas y a los millones de venezolanos que votaron para sacar al chavismo del poder, no para sustituir a Maduro por sus lugartenientes.

Para los venezolanos, la situación puede ser incluso peor. Antes sufrían una dictadura aislada, corrupta y desprestigiada. Ahora padecen una dictadura parcialmente convalidada por el Gran Hermano: Washington. El régimen tiene ahora un padrino todopoderoso que le concede oxígeno internacional, acepta sus gestos cosméticos y negocia su petróleo mientras las libertades siguen secuestradas. Es cierto que se han liberado presos y que esas excarcelaciones producen alivio. Pero en general no ha concurrido la restitución de los derechos civiles y políticos de esas personas. Los grandes líderes siguen en el exilio o bajo amenaza, los partidos opositores continúan reprimidos, los medios siguen controlados o intimidados, la censura permanece y las violaciones de derechos humanos no han desaparecido. Trump ha cometido así una barbaridad inédita: intervenir militarmente contra la cabeza de una tiranía y dejar en pie el resto del cuerpo. Peor aún, ha reconocido de facto a una facción interna del mismo régimen como nueva cabeza e interlocutora válida. Es como derribar la estatua del dictador y entregar las llaves del palacio a sus ministros. Una burla. El resultado no es una transición, sino una recomposición del chavismo bajo tutela petrolera.

Venezuela ya votó. Si vuelve a votar, deberá hacerlo con plenas garantías, observación internacional robusta, libertad de partidos, medios de comunicación abiertos, regreso seguro de los exiliados y liberación incondicional de los presos políticos sin nuevas detenciones. Nada de eso existe hoy. La captura de Maduro fue pan para enero y hambre para junio. Un acto espectacular, propio de la política de gestos de Trump, pero estéril en realidad. Sacó al tirano que había al precio de afianzar la continuidad de la tiranía. En un país que lleva décadas esperando la libertad, no ha habido una victoria sino otra forma de derrota y sometimiento. Y ahora, encima, el energúmeno pueril de la Casa Dorada amenaza con la misma estupidez anexionista del “51 estado” que ya empleó contra Canadá y Groenlandia, mientras se retrasa y se deja sin respuesta a Puerto Rico, que sí ha decidido en referéndum solicitar el ingreso, y que ya es estado libre asociado de los Estados Unidos. Total incoherencia. Mientras, Venezuela está peor que antes.

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