Miguel Abad Vila
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El verano, como el invierno, divide gustos. Para estos están los colores. No así el otoño o la primavera. Esta última es el anticipo del estío, las vacaciones, la canícula, la luz, los quitasoles, las duchas multiplicadas, los refrescos, las terrazas, la alegría libre y voluptuosa en el vestir, el abanico… El otoño es el preludio del frío y conlleva el sosiego, la introspección, la tranquilidad de la casa, el café calentito, el plato de cuchara, la charla recogida y cercana. El verano es una estación que generalmente se desea, pero que para unos se hace muy corto y para otros despierta el anhelo del invierno, pero en él estamos, y de él vamos a hablar.
Lo cierto es que hoy día en cualquier estación del año puede disfrutarse de muchas de las cosas apuntadas. Las terrazas funcionan siempre en verano e invierno bajo toldos y demás resguardos, con ventiladores o estufas, y siempre tienen éxito. Los tiempos y las temperaturas se han democratizado.
Sin embargo, el verano sigue siendo especial: por la playa, el juego con el agua, el chapuzón rejuvenecedor, la arena caliente que une lo humano a lo que hace siglos era roca, el sol que se mira en la superficie, la brisa benefactora, el cuerpo en libre balanceo sobre la eternidad de las olas. Es el abrazo imposible con el tiempo, siempre escurridizo… Es canto de aventuras y guarda de las extrañezas gravitatorias de su vientre. Es el que da y el que quita.
Otra opción cumplidora de los sueños veraniegos es el campo. Silencio, paz, descanso, armonía, quietud, naturaleza dueña del aire y la tierra, el murmullo de hojas que dormitan en las alturas de los árboles, sol y sombra, la nubecilla blanca que se asoma al cielo azul, un libro, una hamaca, una somnolencia tranquila… Un paseo a la caída de la tarde, ver nacer y morir el sol, callado, sin alardes, dejando el horizonte teñido de colores mágicos, inimitables. El campo ha dado innumerables páginas a la literatura española y muchos grandes le han cantado.
Es en ellas, ustedes lo saben muy bien, donde se encuentra el alma de las ciudades, el espíritu de sus habitantes, el ambiente que enriquece el conocimiento y la satisfacción de sentir lo diferente. Esa es la verdadera riqueza de viajar.
También hay quien prefiere hacer turismo, pese a una de las grandes desventajas de los meses veraniegos: todo se vuelve complicado para visitar. Porque es precisamente ahora cuando el turismo acude en masa, y en museos, catedrales y demás bellezas se hace imposible extasiarse más que el minuto que el grupo que viene detrás lo permite.
Sea como sea, y una vez vistas las joyas de la corona, y en este caso no me refiero a las gemas, una de las mejores oportunidades que ofrecen los viajes es coger un mapa, tratar de salirse de las zonas turísticas, y patear las calles y recovecos que guardan la historia del lugar, oír a sus gentes que van y vienen en la cotidianeidad de sus vidas, participar con ellas, y saber de los secretos y misterios en las cosas que se ven, se oyen y flotan en el ambiente, algo que no viene en las guías. Es en ellas, ustedes lo saben muy bien, donde se encuentra el alma de las ciudades, el espíritu de sus habitantes, el ambiente que enriquece el conocimiento y la satisfacción de sentir lo diferente. Esa es la verdadera riqueza de viajar.
En cuanto a la gastronomía, es muy posible que lo auténtico no se encuentre en los grandes restaurantes de innumerables estrellas, tan recomendados y tan caros, sino en las casas de comidas para las gentes del pueblo, destino ineludible para los que de verdad quieren saborear los auténticos platos típicos del lugar.
Hace bastantes años, antes del boom turístico, se podía ver casi todo en solitario. Así experimenté yo el Manneken Pis, la Sirenita, la Fontana de Trevi, ¡y qué decir de la Capilla Sixtina!, Portobello, la Catedral de San Basilio, la Gioconda, la Pala d’Oro, y tantas otras maravillas como contiene el mundo. Entonces tampoco se había desarrollado la pasión por la fotografía. Ahora, las manos con móviles se convierten en los árboles que no dejan ver el bosque. Las cámaras ya son las auténticas protagonistas.
Hay que aprovechar el verano, servirse de las oportunidades de conocer, de buscar, de descubrir y vivir lo que nos rodea. No estamos solos y todo es bello, bellísimo. Viajar es la aventura, el enamoramiento, el encuentro, la emoción, el llenar la mochila de experiencias.
Claro que eso ya pertenece a un pasado que agoniza; ahora todo es lo mismo en cualquier latitud en la que uno se encuentre. Ya no hay sorpresas ni descubrimientos. El mundo se ha uniformado. Todo es igual; lo que había antes allí, está aquí, pero siempre puede quedar algo que se escapa a lo mismo. Y si es posible encontrarlo, misión cumplida.
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