El viafra

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Publicado: 29 ago 2026 - 05:10
Opinión Isaac Pedrouzo
Opinión Isaac Pedrouzo | La Región

Al principio me lo creía todo. Como si en el mundo solo existiese la verdad. Me decían que mi abuelo era en realidad José María Íñigo mirando atónito como Uri Geller doblaba cucharas en sus narices. O que si cerraba los ojos y lo pensaba muy fuerte, el Madrid siempre metía gol. Confiaba en la verdad adulta. Porque, qué tipo de niño sería yo si no me creyese todo lo que decían los mayores. Ellos ya estaban allí cuando yo llegué. Sobre todo mi bisabuela, petrificada en una silla de ruedas mientras decía “está bien gordo el perriño este” y me acariciaba la cabeza. Llevarles la contraria me hacía sentir como si cometiese un acto deshonesto y desleal ante cada verdad que me iban enseñando.

La inocencia que ya nunca volvió. Ignorancia interrumpida sin previa solicitud.

Fue así durante la mayor parte del tiempo. Un adulto afirmaba algo y yo, con una obediencia militar, cumplía sin investigación ni dudas.

No cogí ni un solo caramelo a la puerta del colegio, jamás me toqué la entrepierna por lo que, entiendo, no me salieron pelos en las manos, ni siquiera me acerqué a la televisión por si me quedaba ciego, aunque ya no veía yo demasiado bien. Crucé los ojos una vez, eso sí, con el temor de quedarme birollo para siempre. No sucedió.

Pero acaté cada doctrina con disciplina. No desperté a mi hermano sonámbulo por si se moría y no me tragué ni una sola pepita de ninguna fruta para que no me creciese una planta en el estómago.

Me creí todo, como te creí a ti.

La inocencia que ya nunca volvió. Ignorancia interrumpida sin previa solicitud. Fue así durante la mayor parte del tiempo. Un adulto afirmaba algo y yo, con una obediencia militar, cumplía sin investigación ni dudas.

En uno de esos días en que comerse un puré de patata supone una tarea de dificultad extrema, ya sea por inapetencia o porque, a qué niño le va a gustar un maldito puré de patata, mi abuela, desde la cocina ejerció su derecho de mayor sentenciando “cómete el puré que hay niños que mueren de hambre en el Viafra”.

El Viafra. Qué tipo de lugar debía de ser ese donde los niños suspiran por un puré de patata. Pero por ellos me lo comí.

Ante mi desgana en el comer me chantajearon durante los meses siguientes. Daba lo mismo si era una costilleta o unas habas. Los niños del Viafra siempre aparecían para alimentar mi culpa. En el desayuno. En la merienda. “¡Quién le diera a un niño del Viafra ese currusco de bocadillo que te queda!”. Durante varias semanas robé algunas cosas de los armarios de la cocina. Provisiones pequeñas e imperecederas, que en casa nunca tuvimos comida de más. Algunas conservas. Varios sobres de sopa instantánea. Choped.

Lo metí todo en una bolsa del Aldi y me fui a Correos.

Apenas llegaba al mostrador, pero conseguí colocar todo frente a la dependienta.

“Mande esto al Viafra por favor”.

La señora me miró por encima de las gafas que le resbalaban hasta la punta de la nariz. Sonrió. “Hoy ya hemos mandado demasiados paquetes al Viafra neniño, no caben más”. Nunca encontré el Viafra en el atlas, quizás desapareció justo aquel día.

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