Rafael Torres
El burka de Vox
Es muy recomendable la visita a la exposición dedicada a José Manuel Vidal Souto (Ourense, 1948-2021) en el Centro Marcos Valcárcel. “A música do silencio” es la denominación de esta muestra comisariada por Tareixa Taboada y la colaboración de María del Carmen Vidal, hermana del artista. Estas exposiciones póstumas, y recuerdo la dedicada a Virxilio, todavía reciente, unen al interés intrínseco de las piezas, el criterio utilizado para la selección y exposición. Permiten una visión panorámica de la obra y el acercamiento a la intimidad del artista, a los objetos que acompañan los espacios donde crean, los siempre sugerentes estudios llenos de detalles que habremos reconocido desperdigados en la obra y a lo largo de los años. Esta exposición cumple con nota estos objetivos.
Los trabajos expuestos de Vidal Souto, que nos anuncian inéditos, son magníficos. Representan el arco temático, las técnicas, el espíritu indagador, inquieto, y los caminos emprendidos por un artista empeñosamente refugiado en el silencio. Conocí a Vidal Souto en el despertar de los ochenta y en el deambular de los bares, también en su estudio de entonces, en una alta galería de la Plaza de San Marcial. Era un hombre sencillo, accesible y, a la vez, extraordinariamente retraído, encerrado en sí mismo. Un volcán dormido que encontraba en el arte la vía para dar rienda suelta a la naturaleza que, incesante, le brotaba dentro; los ambientes de taberna o prostíbulo, que a veces recuerdan a Arturo Souto, la carga matérica que lo emparenta con su amigo Alexandro y las composiciones abigarradas y disonantes.
Pero en “A música do silencio”, se impone la presencia de los grandes lienzos, dípticos y trípticos que toman al ser humano y a la naturaleza como motivos
Después, estuvo Brasil. El gran país amazónico abrió los horizontes de Vidal, fácticos y mentales, al modo de una Sinfonía del Nuevo Mundo. Aparecen los colores puros, amarillo, rojo y verde; la pincelada meticulosa, detallista. Las escenas y paisajes serenos muestran una nueva percepción de la vida y una sosegada sensualidad. La gran tradición xilográfica del cono sur, que Luis Seoane tanto enriqueció, encuentra un fascinado aprendiz en nuestro creador. Las planchas xilográficas presentes en la exposición, son una deliciosa filigrana y muestran la extraordinaria habilidad de Vidal Souto en este campo, más allá de la inicial experiencia serigráfica con Álvarez Blázquez en 1971.
Pero en “A música do silencio”, se impone la presencia de los grandes lienzos, dípticos y trípticos que toman al ser humano y a la naturaleza como motivos. Una generosa descarga de la inquietud expresiva de Vidal Souto que evoca a los grupos humanos de Laxeiro, el románico de Arturo Baltar, la naturaleza virgen de Henri Rousseau o la fascinación ante el cosmos del Hortelano. La formación académica que Vidal Souto no tuvo le acarreó ingentes gastos de energía, pero nos permite reconocer, sin mediaciones, el vigor y los amplios horizontes de su arte.
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