Isaac Pedrouzo
¿A dónde se fueron los veranos?
Eran las 13:09 en Ciudad de México. Argentina e Inglaterra se batían a cara de perro con las manos aún ensangrentadas de las Malvinas. 27 grados y 2.300 metros de altitud dibujan la asfixia. Héctor Enrique le pasa un balón intrascendente a Maradona en su propio campo. Encima de la sombra de la araña del Azteca comienza el vals. Con tres toques se va de Beardsley y Reid. “Arranca por la derecha el genio del fútbol mundial”. Cabalga por la diestra, raudo, como el corcel de José de San Martín. Engaña a Butcher por fuera, burla a Fenwick por dentro. Besa la frontal. Se la esconde a Shilton con un hechizo y la manda a guardar en la red, manteniéndose incólume ante la última tarascada de los sajones. “¡Barrilete cósmico! ¿De qué planeta viniste para dejar en el camino a tanto inglés”.
Hace dos meses se cumplían cuatro décadas del gol del siglo. La narración de Víctor Hugo Morales amplificó la magnitud del disparate. Lo que nadie sabía es que lo imposible podía suceder dos veces.
Frédéric Villeroux (Montpellier, 1983) nació con una afección ocular que deteriora su visión año tras año. Su familia estuvo ligada al rugby, pero él decidió ir por otro camino. Probó la natación, el atletismo o el judo y a los 15 años descubrió el fútbol para ciegos o cécifoot, acrónimo que combina las palabras cécité (ceguera) y foot (fútbol). Fue en 1998, justo cuando Zidane, Thuram, Desailly o Deschamps ganaban la primera Copa del Mundo para Francia y de ese polvo galáctico, nacía otra estrella.
Debutó en unos Juegos en Atenas 2004. Dos años después portó el brazalete y sumó otras dos experiencias olímpicas: Pekín y Londres. En 2012, anotó los dos goles de las semifinales ante España, pero nada pudo hacer contra la todopoderosa Brasil. La decepción persiguió al delantero, que tras la destitución del seleccionador Akpweh renunció al combinado nacional. En 2018, míster y jugador regresaron, pero el batacazo fue mayúsculo. En Tokio, Francia quedó en último lugar y el sueño de Villeroux parecía apagarse.
Frédéric lo siguió intentando. En 2022 llevó a Francia a su tercer Europeo y, de repente llegaron los Juegos de París. En la final, ante la campeona del Mundo Argentina, a los pies de la Torre Eiffel y con 11.000 fieles en la grada, nada podía fallar. Villeroux marcó el único gol galo del partido y en la fatídica tanda de penaltis anotó el decisivo. La locura se instalaba como estado de excepción a orillas del Sena. 12 años después de la agridulce plata de Londres, el mejor jugador europeo de la historia le daba a su país lo que con tanto ahínco había buscado.
A Villeroux le dicen el Messi del cécifoot por su letalidad, su técnica y su talento. Pero es ahora cuando ha saltado a todas las cabeceras por el inaudito gol maradoniano que ha marcado en el Europeo de Estrasburgo.
Atravesó la muralla de Londinium como un estilete funde la mantequilla y remató con su zurda el cuarto gol del partido
Como el barrilete cósmico, Frédéric dejó atrás a cinco ingleses. Se fue de los cuatro jugadores de campo tejiendo un eslalon laberíntico. Atravesó la muralla de Londinium como un estilete funde la mantequilla y remató con su zurda el cuarto gol del partido. Los cuatro con su sello. Lo hizo todo sin ver, pero con la brillantez de un clarividente.
El equipo inglés se quejó de que los parches del francés se soltaban. Hay quien dice que Villeroux hace trampas. Que se baja el antifaz para conducir el balón. Su tarjeta paralímpica garantiza que está en la categoría B1 de agudeza visual nula o muy baja. La resiliencia debería ser la única protagonista en esta historia. Para la poética, tres minutos antes de su obra maestra, Maradona anotó un gol con la mano.
@jesusprietodeportes
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