Antón Giráldez
TRIBUNA
Territorio emprendedor
Cuando a un extranjero se le trata de explicar qué sucede en España con respecto a, por ejemplo, la legislación en torno a la lengua, la educación, etc, suelen reaccionar con incredulidad al ser muy difícil, casi imposible, encontrar parangón de casos semejantes en su país. No hay en Francia ninguna autoridad de un departamento francés que trate a la lengua francesa como “impuesta”, y obstaculice su aprendizaje a través de una legislación “normalizadora” que la aparte de los planes de estudio; ni siquiera en un land alemán, país de origen federal, se le exige a nadie procedente del extranjero, y que llegue a Alemania como emigrante, el aprendizaje de un idioma regional para trabajar. También es muy difícil establecer analogías entre España y otros países relativas al hecho del extraordinario protagonismo que los partidos separatistas tienen en la política nacional, y lo sobredimensionada que está su representación en las distintas asambleas, magistraturas e instituciones de las que forman parte. Es más, es muy difícil de hallar en otras sociedades, por lo menos con esta beligerancia, que facciones abiertamente separatistas, programáticamente sediciosas (incluso con miembros presos y huidos por ello), tengan tan buena acogida institucional en virtud del “pluralismo” democrático (es como si un médico dejase prosperar un cáncer en virtud de la biodiversidad). Si a ello le añadimos, para apuntalar definitivamente la singularidad española, que aquellas opciones políticas autoproclamadas de izquierdas no dejan de actuar como tontos útiles del separatismo, mandando al averno de la “extrema derecha” a cualquier posición que se mantenga en contra de ese nacionalismo faccioso, pues entonces no hay país extranjero semejante a España en el que el separatismo ejerza una labor de zapa, de viejo topo, con esta comodidad y complacencia social.
Tanta que, tras consumarse el golpe separatista, aquella jornada del 1 de octubre de 2017, y tras una primera acción punitiva sobre el mismo por parte del Estado, ahora, por oportunismo del gobierno de Sánchez (aceptando el chantaje separatista para perpetuarse), el Estado tiene que ir recogiendo cable.
Los indultos a los presos responsables de la intentona golpista separatista, la despenalización del delito de sedición (eliminación del artículo 544 del Código Penal), la atenuación del delito de malversación y otros “favores” que el gobierno de Sánchez ha hecho al separatismo catalanista, con la aprobación, ahora, de la ley de amnistía, deja a los responsables limpios de polvo y paja judicial. Amnistía (de “amnesia”) que el gobierno Sánchez y sus socios parlamentarios (los propios separatistas) aplican sobre la acción sediciosa, a pesar de la amenaza, sin ningún propósito de enmienda, de volverlo a hacer (“ho tornarem a fer”). Y es que, repiten, Cataluña tiene “derecho a decidir” (algunos, incluso, entienden que hay que cumplir con el “mandato” ya dado por Cataluña en las urnas, dando por bueno el resultado del “referéndum” del 1 de octubre de 2017).
Así, haciendo oídos sordos a estas reiteradas amenazas (los planes separatistas se mantienen íntegros), PSOE y Sumar persisten en la idea de “pasar página”, atribuyendo la culpa de la pleamar separatista del 2017 al “españolismo” del PP de Rajoy. Con “la izquierda” en el gobierno, presumen desde el gobierno, el catalanismo siempre se sentará a negociar (“hay que seducirles”, decía Errejón), quedando sus efectos separatistas, al parecer, neutralizados ante la “cara bonita” que representa un gobierno “de progreso”, en contraste con las antipáticas y “catalanófobas” derechas nacionales. Así, el coco del españolismo es la provocativa “falda corta” que sirve de excusa para la violación separatista.
Y es que este blanqueamiento y adulación del nacionalismo regional, realizado permanentemente por las izquierdas para tratar de desplazar, en determinados momentos, a las derechas nacionales de un puesto hegemónico, fue la dinámica perversa que ha permitido que el separatismo se haya colado, e instalado, en el cuerpo institucional español hasta dejarlo, realmente, como un queso de Gruyere. Se ha logrado crear una atmósfera “nacional” en las regiones de Cataluña, País Vasco y Galicia, por la que pareciera como si se tratasen de países distintos a España (instrumentalizando, en ese sentido, las lenguas regionales, el patrimonio, la toponimia, etc). Lo que hicieron los responsables del “procés” fue dar el fiat, el golpe de gracia (la llamada “ley de desconexión”), y convertir -tratar de hacerlo- en Estado independiente a la “nación” catalana.
El paso que dio el Gobierno de Sánchez, tan aquiescente como oportunista, fue dejar a España completamente inerme (“desjudicialización”, le han llamado a la cosa) ante el separatismo, que, de este modo, ya inmunizado, se envalentona y fortalece para amenazar con un nuevo golpe. La excusa ya está servida en bandeja por el propio Gobierno de Sánchez y sus voceros mediáticos: es la falda corta de la “derecha y la extrema derecha”. Antes rota que Vox.
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