Eduardo Medrano
TAL DÍA COMO HOY
José de Nazaret
Cantaba Alejo Stivel, líder de Tequila, en “Las cosas que pasan hoy”, corte de la segunda cara de su LP “Viva Tequila”, una joya editada en 1980, que “quizás veremos el fin del mundo en directo por televisión”. Y lo que parecía una letra desenfadada de un hit es la perfecta radiografía de la seriedad del momento que atraviesa el planeta Tierra. Algo ha tenido que ver lo que llamo “el contrapunto de las tres colinas”. Lo explico: pretendíamos que fuera imbatible y eterno el escenario creado por esa simbología de las montañas que hizo posible el viejo concepto de Europa que logró la unión y la prosperidad tras la Guerra Fría.
La guerra no puede utilizarse como eslogan. Al menos no con tanta zafiedad como estamos escuchando, pues supone utilizar una frase para manipular descaradamente con el resorte emocional que los grandes dictadores de la historia siempre invocaron
Hablamos siempre de tres montes simbólicos que fundamentaban la civilización occidental: en Atenas, la Acrópolis (representa la razón, la democracia directa, las artes y el pensamiento filosófico); en Roma, el Capitolio (significa el imperio de la ley –el derecho romano-, la organización política y la administración), y en Jerusalén, el Gólgota (hablamos del mensaje cristiano, la ética y la espiritualidad europea). Hoy semeja que han sido sustituidos por otros. El contrapunto se sitúa en los centros de poder que comandan Donald Trump en Washington -el Mount Rainier de la cordillera Cascade-; Vladimir Putin en el Kremlin –sobre la colina del Pinar- y Xi Jinping en Pekín en la Colina del Carbón (Jingshan). Deviene innecesario recordar que el recientemente desaparecido Jürgen Habermas, uno de los filósofos e intelectuales más influyentes de la Alemania de posguerra, ofreció legitimación filosófica a un nuevo tipo de intervención militar imperialista que se ha convertido en uno de los rasgos centrales del orden internacional.
La guerra no puede utilizarse como eslogan. Al menos no con tanta zafiedad como estamos escuchando, pues supone utilizar una frase para manipular descaradamente con el resorte emocional que los grandes dictadores de la historia siempre invocaron. La diplomacia, entre otras cosas, nació para dulcificar las relaciones y relajar las lógicas tensiones de una dinámica natural donde aparece siempre la economía: los intereses. Un trasunto de la filosofía popular gallega: “Amiguiños si, pero a vaquiña polo que vale”. La escalada de noticias y enfrentamientos se sitúa en el grado máximo actualmente, y es preciso interpretar en sus justos términos las declaraciones de líderes políticos en teoría conciliadores como la controvertida declaración de Ursula von der Leyen, razonablemente corregida en horas por la en apariencia todopoderosa presidenta de la Comisión Europea.
Siempre gana la guerra quien gana la última batalla. Como gana la competición el que gana el útimo partido (la final). Y seguimos hablando estos días también de batallas y guerras electorales. La última, hace horas, la de Castilla y León donde ganaron todos (así son las interpretaciones cuando acaba el escrutinio) y Alfonso Fernández Mañueco será de nuevo presidente. Eliminados de esa guerra fuerzas políticas como la generada por la otrora lideresa de Sumar, la vicepresidenta que se fue a Hollywood a ver cómo arrasaba este año precisamente en los Óscar “Una batalla tras otra”, la película de Paul Thomas Anderson. No hace falta recordar que el juego de equilibrios es quien manda al sostener cualquier estructura, también la de un Gobierno. Recuerdo la experiencia del bipartito en Galicia cuando presumían de llevarse “como hermanos”, resultando fácil la apostilla: “Sí, como Caín y Abel”.
El coeficiente de encaje de la humanidad es hoy en día tan elevado que cada noticia que transmite el horror de la contienda militar empieza a verse con una normalidad que describe la irracionalidad del momento que vivimos. Himnos musicales antibélicos como el “War” de Edwin Starr, en protesta contra la guerra de Vietnam, seguirían hoy plenamente vigentes (y versiones como la de Bruce Springsteen), así como cruzadas pacifistas como las de Lennon (“War is over. If you want it”), pero no encuentran réplica con creaciones similares de actuales autores populares influyentes. El escenario es tan crítico que la realidad supera a la ficción y se ha perdido la capacidad de sorprender cuando desconocemos si lo que vemos es inteligencia real o artificial. Lamentablemente, y acabo también musicalmente parafraseando a Prince Rogers Nelson, parece ser “el signo de estos tiempos”.
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