Simone Saibene
¡BUONE VISIONI!
Familia de alquiler
Tengo bastantes amigos obsesionados, si se puede decir así, con el ascenso del yihadismo violento. Me refiero a obsesionados en las conversaciones de café porque a ellos o a mí eso nos importe un pito y no nos toca de cerca, salvo por algún atentado brutal como los de las Torres Gemelas, los de Atocha, el de la sala Bataclán, el de Charlie Hebdo o el del metro de Londres.
Sí, enumerados así parecen muchos, asustan y eso que no he puesto todos en la lista, pero aun a pesar de eso lo cierto es que ni Boko Haram ni Al Quaeda viven aquí y sus crímenes matan todos los días a miles de personas de las cuales solo unas pocas son occidentales. Comparativamente muy pocas.
Los yihadistas que deberían preocuparnos a los que vivimos en sociedades modernas, tolerantes y en paz son otros. Y ni son musulmanes ni se llaman yihadistas. Son evangélicos, pentecostales, ortodoxos cristianos y ortodoxos judíos, testigos de Jehová, etc. No sigo porque ustedes ya saben quiénes son y cómo se llaman.
En mi calle hay una iglesia evangélica que lleva diez años ahí; una católica (capuchinos) que por supuesto lleva aun muchos más años ahí; y una pentecostal que abrió hace un par de meses. Prácticamente están en portales contiguos. Conozco de vista a los respectivos pastores y al párroco de las tres. Como buen vecino saludo cortésmente a todo el mundo. A los dos primeros incluso les he llevado varias veces, sobre todo en Navidad, ropa, libros y hasta comida. A los nuevos no los conozco todavía, pero me resultan bastante sospechosos a pesar de sus amables sonrisas que yo atribuyo a una estrategia de integración social que esconde oscuras intenciones.
Creo que hay una diferencia fundamental entre los católicos y los otros dos. Los católicos han acabado por admitir, aunque haya sido contra su voluntad y les haya costado siglos, que la Tierra es esférica y se mueve, que una persona puede ser buena sin ser religosa, que las transfusiones de sangre no son un pecado y que sus creencias no tienen que ser las únicas aceptables. Los otros no, y eso es yihadismo.
De chaval empecé a quedarme solo en casa los fines de semana. Mis padres se iban al pueblo y yo prefería quedarme en Ourense con mis amigos. Un sábado llamaron a la puerta. Abrí y allí estaban dos señoras mayores un poco siniestras, con una Biblia en la mano. Testigos de Jehová. Al verme tan crío me hicieron una pregunta muy rara: "Hola, ¿podemos hablar con el padre de familia?"
Yo tenía quince años sí, pero era un lector salvaje del Ajoblanco, el Viejo Topo, El Víbora y otras revistas y libros de la época aun menos recomendables. Las miré fijamente y contesté: "Aquí no hay ningún padre de familia, somos una comuna anarcosindicalista". Y les cerré la puerta en las narices.
Yihadistas. Están entre nosotros pero nos negamos a verlos. Recen.
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