El desafío de la emigración en los años 60 en Ourense a través de cuatro ourensanos

LAS EUROPAS DE IDA Y VUELTA

La migración europea de más de 130.000 hombres y mujeres redefinió el rostro de Ourense entre 1960 y 1990. Si bien representó un reto lingüístico y cultural, significó una inyección importante de capital para el desarrollo socioeconómico provincial.

Publicado: 05 ene 2026 - 06:05 Actualizado: 05 ene 2026 - 14:12

De izquierda a drecha: José M. Bouzo / Modesto Camoeiras / Luis Quintas / María J. González.
De izquierda a drecha: José M. Bouzo / Modesto Camoeiras / Luis Quintas / María J. González.

Los más nobles propósitos no menguan el dolor de emigrar. Las recompensas eventuales enmascaran momentáneamente heridas profundas, pero no las sanan. De este sentir ambiguo entre el triunfo y la derrota, bien saben los más de 130.000 ourensanos que emigraron a Francia, Alemania, Suiza, Holanda y Reino Unido entre los años 1960 y 1990. Sus casas, paisajes, y lengua quedaron atrás para abrazar forzosamente espacios, geografías e idiomas doloramente ajenos.

Un nuevo contexto

El estallido de movimientos de liberación nacional y las guerrillas urbanas en Centro y Suramérica, comenzó a debilitar el tejido político de la región; las economías antes sólidas, comenzaron a resquebrajarse.

Europa vivía un auténtico milagro económico, y necesitaba mano de obra. La administración franquista a través del Instituto Español de Emigración (creado en 1956) estableció acuerdos bilaterales con los países de acogida que permitían la contratación legal en origen. El caudal de monedas fuertes significó una inyección superlativa de capital a las arcas del Estado, y en lo político se convirtió en una descompresión de tensiones sociales. Es innnegable que fue la “edad dorada” de las remesas y la transformación acelerada del rural gallego.

Bonanza y desafío

Entre 1960 y 1973, emigraron hacia Europa más de 300.000 gallegos. Hubo una gran oferta de trabajos aceptablemente bien remunerados en servicios, las industrias pesada y siderúrgica en países como Alemania y Suiza. En mayo de 1963, un franco suizo equivalía a 13,79 pesetas, un índice de conversión más que atractivo para la realidad de la época. El “efecto llamada” volvió a surtir efecto. Muchos entraron a Europa como turistas para luego regularizar su situación; pero más allá de la bonanza hallaron una resistencia idiomática y otra cultural que les consideraba europeos de segunda clase -como sucedía con italianos y portugueses-.

La vida en Francia estuvo marcada por el hacinamiento en las chabolas (bidonvilles); la experiencia alemana por la disciplina casi militar en barracones desbordados de personal; Suiza se caracterizó por el trabajo estacional y contratos que no se extendían más de un año, con lo cual resultaba sumamente complicado obtener una residencia permanente: notable fue allí el fenómeno de los “niños de la maleta”, menores introducidos de forma clandestina al país, obligados a permanecer ocultos de la policía de extranjería. En el caso de Inglaterra, hay todo un anecdotario de jornadas interminables para empleadas domésticas, humillaciones y aislamiento.

En respuesta a esta adversidad inherente, tuvo un auge considerable la proliferación de centros gallegos, con un claro perfil de solidaridad y asistencia mutua.

Hacer las Europas volvió más fuerte al ourensano, que regresaba con un patrimonio, y una mayor conciencia de su valía; con hijos que hablaban una lengua extranjera y estaban en condiciones de enfrentarse a un escenario por completo distinto.

Los relatos vitales de José Manuel, María José, Modesto y Luis son el testimonio de ese viaje de autosuperación que moldéo el destino de miles.

José M. Bouzo (1960): De Francia hasta Ginebra

“Nací en A Limia, en un mundo donde la única energía era el fuego y la tracción animal. En 1963, siendo muy pequeño, emigré con mis padres a Prades, la Cataluña francesa. Mis padres y mis tíos eran gente iletrada que trabajaba básicamente en labores agrícolas y de la construcción. Allí aprendí francés, y comenzó mi devoción por la literatura francesa. Nos enfrentamos a mucha discriminación, pero también recibimos mucha bondad y apoyo. Luego nos mudamos a Ginebra, donde mis padres trabajaron muy duro. El idioma siempre fue para ellos una gran barrera. A pesar de los grandes obstáculos de asimilación cultural, aquella experiencia dignificó nuestras vidas, y en especial a mí me preparó: terminé siendo profesor de francés. Aprendimos que podíamos aspirar a cosas distintas. Yo regresé en 1972 y mis padres en 1977. Ahora contemplo agradecido la magnitud del esfuerzo que mis padres hacieron por mí”.

María J. González (1962): Otra vida en Lausana

“Emigré a Suiza muy joven, de aquellas con un contrato de trabajo, en 1986. El primer gran choque fue con el francés, un idioma que tuve que aprender desde cero y en un contexto de mucha exigencia, donde esa era la lengua en que se nos daban todas las instrucciones. Lo otro fue una carga de trabajo desconocida para mí; es cierto que eran unos salarios muy buenos en comparación con lo que se ganaba aquí en pesetas, pero aprendí a ahorrar, porque la vida era muy cara, y era la única forma de salir adelante. Durante años, me moví entre una empresa que se dedicaba a tallar diamantes, y otra que hacía libros. Mi estructura mental cambió por completo. Por suerte me adapté bien e hice amigos suizos a pesar del gran racismo que había con los españoles. Creo que estuve a la altura del desafío. Vine dominando otra lengua, y aprendí el valor de la puntualidad. Allí conocí a mi marido y nació mi hija. Lausana fue capital en mi destino”.

Modesto Camoeiras (1940): “Holanda, mi otra casa”

“Yo trabajaba en Renfe desde muy joven y cuando regresé de la mili en el Sáhara resultó que no me habían hecho fijo, y eso me movió a buscar otros horizontes. Conseguí entonces un contrato de trabajo en Harlem, Holanda; y hacia allá me fui en 1965, tenía 25 años. De todo lo que había, lo que me gustó fue la soldadura. Me vinculé a esa área y me fui superando a la par que hacía cursillos de holandés. En los años 70, junto a tres españoles y cuatro italianos, fundamos el Centro Italo-español, una institución que acogió y ayudó a mucha gente que venía desde España e Italia. Me especialicé en soldadura aeroespacial, pero también me convertí en corresponsal de La Región Internacional desde Ámsterdam, entre 1966 y 2005. Allí me casé y formé familia, voy todos los años a pasar las Navidades con ellos. Los holandeses en general son personas bondadosas y amables. Holanda cambió mi vida, estaré siempre agradecido”.

Luis Quintas (1945): “Se lo debo todo a Suiza”

“Aquí todo era precario, y el dinero apenas rendía. Entonces decidí en 1970 irme a Ginebra, donde vivía ya una hermana mía. Era mi primer viaje en tren. Hendaya fue la primera estación del extranjero en que me bajaba. De ahí fueron pocas paradas hasta mi destino. El primer choque fue el idioma, teníamos que hacer señas o auxiliarnos con unos italianos que ya llevaban tiempo allí y que nos sirvieron de intérpretes. Era una situación complicada, a veces nos trataban como a niños, porque no sabíamos ni manejarnos con el dinero. Durante las vacaciones del primer año, conocí en una verbena aquí a en Ourense, a una señora que también estaba en Suiza. Allá comenzamos una relación, y en 1980, luego de pensarlo mucho, tuvimos un hijo. Recuerdo que el ginecólogo me permitió estar en el parto. Fue una experiencia única. Regresamos en 1990 a raíz de un accidente laboral que tuve. No fuera el que soy sin Suiza. Se lo debo todo a Suiza”.

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