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En una época en la que la música parece consumirse a golpe de algoritmo y auriculares, el Burgas Disco Club ha decidido hacer justo lo contrario: parar, sentarse y escuchar. Hoy celebran su segundo aniversario con una sesión de música tropical en el Torgal, pero la historia empezó de forma mucho más pequeña, casi doméstica.
La idea original fue de Rafael de Jesús, que importó a Ourense el concepto inspirado en el club del disco de Hortaleza. La propuesta era sencilla: reunirse para escuchar un álbum en vinilo, hablar sobre él y compartir lo que cada uno sabe o simplemente le hace sentir. “Al final es juntarnos para hablar de música también en persona, un poco a contracorriente de lo que parece que lleva todo”.
Las primeras reuniones se celebraron en el estudio de tatuajes Secret Bridge, un espacio que ofreció desde el principio David Diz, coleccionista de vinilos y gran aficionado a la música de los años sesenta y setenta. Allí ya tenía platos y equipo para reproducir discos, así que el lugar parecía hecho a medida para empezar.
Diz recuerda aquellos encuentros iniciales como algo muy natural. Poco a poco fueron reuniéndose allí, mostrando discos de sus colecciones, invitando a amigos y escuchando música en grupo, como se hacía antes de que las plataformas digitales convirtieran la escucha en una experiencia casi siempre solitaria.
Con el tiempo, el club dio el salto al Torgal, un lugar más abierto al público y con un ambiente que invita a que nuevos curiosos se acerquen. En un bar cualquiera puede entrar, pedir una cerveza y encontrarse con un grupo de gente hablando de música. Esa naturalidad ha sido una de las claves del proyecto. La dinámica sigue siendo sencilla: alguien propone un disco, se escucha y se comenta. “No se trata de convertirse en críticos musicales ni de dar grandes lecciones”, explica Diez. Un disco puede dar pie a hablar de cómo se grabó o a cualquier historia que se esconda detrás de las canciones. Lo importante es compartir.
Carlos Crego, el tercero de los fundadores, insiste en que el espíritu del Burgas Disco Club es cercano y accesible. “Non é nada elevado”, dice. Más bien al contrario, es un espacio donde se mezclan generaciones y gustos. “O outro día atopei a un rapaz que veu con gustos moi particulares”.
Ese cruce de miradas musicales es parte de la magia del proyecto. En las reuniones han aparecido discos de rock clásico, power pop, música brasileña o rarezas que algunos nunca habían escuchado. También sesiones monográficas a bandas como Oasis. Después de dos años, el Burgas Disco Club es lo que pretendía ser: un pequeño refugio para escuchar con calma, un lugar donde la música vuelve a ser conversación y donde, al menos durante un rato, los discos giran más despacio que el mundo.
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