Enfermo de VIH en Ourense: "Mis padres me separaban, me hacían comer de un plato aparte"

ENTREVISTA

El entrevistado vive en Ourense con VIH desde hace más de treinta años. Fue diagnosticado en los años noventa, cuando una infección grave lo llevó al hospital de León

El Complexo Hospitalario Universitario de Ourense
El Complexo Hospitalario Universitario de Ourense

Pablo -nombre ficticio para proteger su intimidad- convive con el VIH desde hace más de treinta años. Su historia comienza en los años noventa, cuando una grave infección lo llevó al hospital de León, su ciudad natal. Allí recibió el diagnóstico casi por sorpresa. “Fue entonces cuando me dijeron que lo tenía, pero como no se conocía mucho el tema, no me mandaron ni medicación ni nada de nada”, recuerda. Aquella falta de información marcaría un antes y un después en su vida.

En aquel momento estaba casado y era consumidor de heroína por vía intravenosa, una realidad que compartía con su pareja. La tragedia llegó pronto: “Ella murió luego a los dos años o así de sida”, cuenta con serenidad. No fue hasta ingresar en un centro de rehabilitación en Valencia cuando recibió sus primeros tratamientos antirretrovirales. “Me empezaron a dar medicació, tres pastillas o cuatro diarias”, rememora. Décadas después, el avance es abismal. Hoy solo necesita una pastilla al día y mantiene la carga viral indetectable. “Esto quiere decir que yo no puedo transmitírselo a otra persona”.

Estigma

Aquellos primeros años no fueron fáciles. El estigma social estaba tan arraigado que llegó a su propio hogar. “Mis padres me separaban siempre. Yo para comer tenía un plato aparte y me lavaban la ropa a mí solo, ese era el desconocimiento que había”, explica. En su entorno laboral también sintió la distancia: tras una larga baja médica y a pesar de que no lo sabían de manera fehaciente, notó cómo sus compañeros cambiaron su actitud. “Ya no era lo mismo, aunque no me decían nada”.

El rechazo también se trasladaba a su vida social y afectiva. “Las chicas les daba reparo estar contigo”, confiesa. En lo físico, arrastra secuelas como problemas de visión derivados de una candidiasis oftalmológica y daños hepáticos vinculados tanto al VIH como al consumo de heroína en su juventud.

Hoy, con 64 años, asegura llevar “una vida normal”, mantiene relaciones afectivas sin dificultades y colabora como voluntario en el Comité Antisida de Ourense. Reconoce que la sociedad ha avanzado, aunque el estigma no ha desaparecido del todo. Recuerda un episodio reciente en el hospital: “Una enfermera me dijo desde lejos: ‘Oiga, usted tiene que decir que tiene VIH’. Y yo le respondí que no tenía que decirle nada a ella”. Aun así, insiste en que es un caso aislado y que, por lo general, el trato sanitario ha mejorado “muchísimo”.

A quienes reciben hoy un diagnóstico les lanza un mensaje claro: “Les diría que buscaran apoyo psicológico”. Y añade un consejo fundamental: hacerse pruebas y tomar precauciones, porque “no solo es el VIH, también están las enfermedades de transmisión sexual”.

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