Laura Morales, de México a Galicia, de ama de casa a mujer emancipada
LA NUEVA OURENSANÍA
Casada con un gallego, Laura Morales dejó su Veracruz natal para cambiar el rumbo de su vida y afincarse en Ourense. Hoy reside en la villa de Allariz, atrás dejó un trabajo no remunerado de puertas para dentro, aquí gana su dinero y construye nuevas metas
Casada con un ourensano de la parroquia de Noalla, Laura Morales Rosas, mexicana, jarocha, ourensana, alaricana, y ciudadana de mundo desde 2019, nos cuenta la historia de su migración, hoy en la villa que hace poco despidió al gran Súper Piñeiro, hasta hace pocos meses en la capital ourensana.
Vino Laura por amor. “Conocí a mi marido a través de facebook”, revela.” Contactos de contactos”, añade. Empezaron a hablar a través de la pantalla, acabó Iván (ese hombre) yendo de vacaciones a visitarla. “Soy de Veracruz, allí últimamente trabajaba en una copistería”, comenta. Ese empleo lo abandonó cuando decidió cruzar el charco.
Tiene una historia un poco triste Laura, que no vamos a desgranar por la privacidad de sus hijos, y porque ella lo está superando. En resumidas cuentas allá dejó a dos descendientes, y a sus también muy queridos padres. Luchó lo que tocaba para poder estar con los primeros, pero en un país como México, la seguridad es más importante. “No es que acepte esta separación, pero he aprendido a vivir con ella, y a entender que la alternativa no existe”, aclara. Es Laura testigo de Jehová, y reconoce que su Dios le da “mucha fortaleza y paciencia”. No le hemos preguntado cómo es un matrimonio con un cónyuge que no profesa la misma fe, y lo del yugo desigual con los incrédulos, pero si algo nos quedó claro en la entrevista es que su Iván es su soporte, su compañero y su apoyo.
Reinvención completa
Era en Veracruz ama de casa, dependía completamente de su anterior pareja, tuvo su primer hijo a los diecisiete años. “Yo era completamente ignorante”, reconoce sobre su pasado. Cuando ese lazo se rompió, empezó a buscarse la vida como pudo, en distintos sectores laborales. A un cierto punto su padre le dijo: “Márchate, aquí las cosas nunca se van a poner de tu lado”. Cuando viaja de vuelta para estar con los suyos se encuentran en Cancún, y la pasan juntos en Quintana Roo, allí se ven una vez al año. “Compré un pequeño terreno en la Riviera Maya, de unos diez por veinte metros, por quince mil euros, y construiré una casa”. Comparte ilusiones venideras que va fabricando desde Galicia, un inmueble para alquilar por períodos, pero también para descansar y quizá algún día, retirarse. “Está cerca de un cenote”, revela; nos pone Laura con su propiedad los dientes largos. “Por lo visto no hay nada similar en el mundo”, añade.
“No es que acepte esta separación, pero he aprendido a vivir con ella, y a entender que la alternativa no existe”
Vendió su casa en Veracruz para poder “seguir su vida”. Su padre, antes de su jubilación, trabajaba en PEMEX, la empresa estatal refinadora del petróleo, hoy los suyos siguen allá, afortunadamente sin necesidades.
Aquí trabajó Laura en el comedor de Salesianos, y de operaria en una cadena de montaje. “Llegar aquí y ver que las mujeres trabajan la misma jornada que un hombre, y que puedes ser independiente… fue un gran impacto”, reconoce. “Yo ahora me siento con plena autoridad para dar mi opinión, antes estaba anulada”, comenta.
Se mudaron de Ourense a Allariz porque pasó Iván de ser empleado a emprendedor, y su empresa está en el polígono cercano. “Fabrica piezas de autobuses, trabaja el poliéster, antes las hacía, ahora ya las pinta, quiere hacer diseños...”, explica. Juntos se fueron dando impulso mutuo y poco a poco fueron medrando. “¡Él siempre ha tenido una mentalidad muy proactiva, siempre está inventando, y acierta!”, comenta Laura, desde luego no cabe duda de que esta chica está enamorada.
“¿Y no me preguntas por el pulpo, los callos, la cerveza?, enumera simpática Laura cuando le recordamos la lista de los típicos de su tierra; a saber, el tequila, la chochinita pibil, el sombrero charro. ”¡Ya me van a echar de aquí!”, ríe la experiencia del interrogatorio, que arrancó con sombras, pero acabó iluminado.
“Graciñas”, tiene presente Laura Duarte en gallego. “Un chingo”, cantidad grande e imprecisa de una cosa, cuando piensa en el idioma que dejó en México. Ni tan mal, podría ser ‘pinche cabrón’ lo que le viene a la mente al evocar el pasado. Ver el vaso medio lleno en lugar de medio vacío, sin duda es una gran premisa para afrontar el mañana.
Contenido patrocinado
También te puede interesar
Lo último
Fernando Lusson
VÍA DE SERVICIO
¿Por qué no te callas, Elon Musk?
La Región
CARTAS AL DIRECTOR
La creatividad y la política
Pilar Falcón
DÍAS Y COPLAS
Febrero, el coreógrafo breve
Fermín Bocos
La insostenible posición de Óscar Puente