Mantener la actividad y la independecia, una de las claves para alcanzar la centenariedad
VIDA SANA
La longevidad no depende exclusivamente de una dieta adecuada o la epigenética, factores como la actividad física, mental y social son claves para alcanzar los cien años
Cada vez son más las personas que alcanzan edades muy avanzadas, e incluso superan los cien años. Sin embargo, la longevidad no depende solo de la dieta atlántica, y de la epigenética, uno de los elementos para llegar a la centenariedad con una buena calidad de vida es mantener la actividad física, mental y social, así como preservar la independencia durante el mayor tiempo posible.
Con frecuencia, la sociedad asocia la vejez con la fragilidad, la dependencia y la incapacidad. Esta visión, además de simplista, puede resultar perjudicial. Muchas personas mayores conservan capacidades, experiencia y autonomía suficientes para tomar decisiones sobre su propia vida y participar activamente en su entorno. Sin embargo, es habitual que familiares y cuidadores, movidos por el afecto o la preocupación, asuman tareas que la persona aún puede realizar por sí misma. Aunque la intención sea proteger, el resultado puede ser justamente el contrario: una pérdida progresiva de habilidades y confianza.
La autonomía no significa ausencia de apoyo. Significa permitir que la persona continúe haciendo aquello que puede hacer, facilitando la ayuda necesaria cuando realmente la necesita, ofertando recursos, seguridad y respaldo, no privar a la persona de oportunidades para ejercitar sus capacidades. Cuando dejamos que una persona mayor participe en las tareas cotidianas, tome decisiones o mantenga sus rutinas, estamos contribuyendo a preservar funciones físicas y cognitivas fundamentales.
Que importante es poder seguir levantándose y teniendo cosas que hacer, dejar que haga actividades del día a día su ritmo, ofreciendo apoyo, pero dejándole a la persona la que marque los tiempos o las necesidades de apoyo. Caminar, realizar pequeñas compras, cocinar, cuidar plantas, participar en actividades culturales o mantener relaciones sociales son acciones que estimulan el cuerpo y la mente. Estas actividades no solo fortalecen músculos y articulaciones, sino que también favorecen la memoria, la atención y el bienestar emocional sino que la actividad diaria es un factor protector frente al deterioro funcional. En estos años como educadora social observo que cuanto menos se les deja hacer las personas mayores, más rápido se merman sus capacidades funcionales. En las entrevistas realizadas observamos que mantener un propósito y sentirse útil son elementos que aparecen con frecuencia en las historias de vida de muchas personas centenarias.
La actividad diaria es un factor protector frente al deterioro funcional
Uno de los mayores obstáculos para promover esta autonomía es el edadismo. ¿Que es el edadismo? Pues son los prejuicios, estereotipos y discriminaciones basados en la edad. A menudo se manifiesta de forma sutil: hablar a las personas mayores como si fueran niños, decidir por ellas sin consultarles o asumir que ya no son capaces de aprender, adaptarse o aportar valor. Estas actitudes, aunque parezcan inofensivas, pueden erosionar la autoestima y fomentar una dependencia innecesaria. No debemos limitar la capacidad de decisión de una persona únicamente por ser mayor e ignorar que sigue siendo una persona adulta con derechos, preferencias, capacidad de elección y con una amplia trayectoria vital y una experiencia. Respetar su dignidad significa escucharla, tener en cuenta su opinión y permitirle participar en las decisiones que afectan a su vida diaria. Escuchar sus consejos y aprender de ellos, del valor humano que almacenan en su alma, además de validarlos, nos aporta una gran fuente de sabiduría.
Para favorecer una longevidad saludable es necesario cambiar el enfoque. En lugar de preguntarnos qué no puede hacer una persona mayor, deberíamos centrarnos en qué puede seguir haciendo y cómo podemos ayudarla a mantener esas capacidades. Además, la independencia es vital para que las personas mayores se sientan dueñas de su vida además de mejorar la convivencia familiar al crear lazos de respeto, impactando den una mejor relación social a través de vínculos más equilibrados, evitando el desgaste por sentirse dependientes. Decidir por sí mismos les da seguridad, identidad y una mejor salud física y mental.
Llegar a los cien años debe significar vivir con calidad. Para lograrlo, debemos promover la actividad, respetar la autonomía y evitar los prejuicios asociados a la edad. La clave es ayudar sin limitar, apoyar sin sustituir y acompañar sin infantilizar. En definitiva, una sociedad que confía en las capacidades de sus mayores no solo favorece una vida más larga, sino también una vida más plena, digna y significativa.
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