Marcos Rodríguez vive en San Cibrao tras criarse entre lobos en Córdoba: "En esta vida lo he pasado muy mal"

ENTREGADO A UN PASTOR

La de Marcos Rodríguez Pantoja es una historia de cine. Entregado por su familia a un pastor y huérfano de afecto humano, sobrevivió hasta los 19 años junto a los lobos en Córdoba. Hoy vive feliz en San Cibrao das Viñas.

Historia de Marcos Rodríguez Pantoja

Lejos de la mundanal rutina existen historias tan increíbles que cuesta imaginar que hayan sido escritas por la propia vida sin mediación de ningún guionista con buena imaginación. La de Marcos Rodríguez Pantoja es, sin lugar a duda, una de ellas. Hoy, rondando los 80 años, sigue hablando de los lobos como su familia porque así lo fueron durante los años en los que vivió más feliz, más libre.

El mundo de los humanos se empeñó en llenar de piedras el camino de un niño que encontró en los animales la humanidad que le negaron los de su propia especie. Empezando por sus padres.

Su historia comenzó de la forma más cruel, similar a como comienzan aquellos cuentos que arrancan con un “Érase una vez…”. Al norte de Córdoba, en Añora, nació a mediados de los años 40 castigado desde el primer día por el más duro contexto de la posguerra. La pronta pérdida de su madre llevó a su padre a rehacer su vida con otra mujer y olvidarse de la lealtad de la sangre para venderlo a unos señores de Sierra Morena que, a su vez, le entregaron a un pastor de ovejas.

Tenía sólo siete años cuando, en el escenario de una cueva de la serranía andaluza, otra muerte llegaría para cambiar de forma radical el rumbo de su vida. El fallecimiento del pastor, “al que se comieron los buitres”, le dejó abandonado a su suerte. Y fue, precisamente, la fortuna la que llevó a una loba a encontrarle y convertirle en un miembro más de su manada. Con los lobos estuvo hasta los 19 años. “Para mí era una maravilla porque los animales, según como los trates, son mejores que las personas”. Marcos Rodríguez Pantoja aclara que “no quiero decir que todas las personas sean malas”, pero es comprensible que, en una biografía como la suya, la fe en la humanidad haya quedado empañada por el escepticismo.

Un escepticismo que no hizo más que confirmarse en su vuelta a la civilización. “Al cabo de un tiempo me cogió la Guardia Civil y me llevó a Cardeña, el pueblo donde se rodó la primera película” sobre su vida. “Allí me cortaron el pelo, que lo llevaba cerca de las rodillas y fue cuando se hizo todo el lío. Me cogió un cura y me llevó a Madrid con las monjitas, en Argüelles número 50, nunca me voy a olvidar. Me hicieron la primera comunión y el mismo día ya me llevaron al servicio militar, pero yo me lié a pegar tiros y el coronel me echó. Y de allí me cogió uno, me llevó a Palma de Mallorca, me robó y me dejó allí tirado”.

Buscando su lugar

De él, que no tuvo la oportunidad de estudiar -”yo no sé de letras”, dice-, se aprovecharon muchos de cuantos encontró a su paso. “Unos no me creían, otros me robaban… Si por mí fuera no me hubieran cogido y me quedaba allí, porque en esta vida lo he pasado muy mal”. Ese allí al que se refiere es el monte, con los lobos y el resto de animales salvajes; aunque, para él, lo verdaderamente salvaje fueron los humanos. Marcos aprendió a cazar y sobrevivir basándose en la ley de la naturaleza, un lugar que le acogió sin preguntar ni buscar nada a cambio y que no se rige por las imposturas de la sociedad.

“Yo no sabía lo que era el dinero, nunca había pagado nada. Un día fui a comer a un bar y cuando me dijeron que tenía que pagar, contesté ‘¿eso que es?”. Llamaron a la policía, que me estaba buscando. Si me pasaba algo, mordía, porque yo entonces mordía…”, recuerda entre risas. Si algo regala la perspectiva del tiempo es la oportunidad de convertir en anécdotas las situaciones que más nos han marcado, tanto para bien como para mal. Y muchas de ellas las recuerda con cariño.

De forma especial habla sobre el día que le cortaron el pelo. “Me quise echar al barbero, porque cogió una navaja y creía que me iba a cortar el cuello. Yo cogía un cuchillo para matar a las reses para comer. Es ley de vida. Las personas matan por matar, pero allí no; matábamos para comer”.

Sin embargo, ese mundo tan cruel le tenía reservado un hogar a más de 700 kilómetros del que él había construido junto a su familia. No la biológica, sino la de la naturaleza, que, sin palabras, le acogió cuando los suyos le dieron la espalda.

Marcos Rodríguez Pantoja, del que se han escrito cientos de líneas, libros y películas, vive hoy en una aldea de San Cibrao das Viñas. Aquí ha vuelto a sentirse uno más. Como con los lobos. Pero esta vez arropado por los de su especie. “Tuve mucha suerte de llegar a este pueblecito, aunque al principio todo el mundo me miraba y pensaban que estaba medio loco porque contaba cosas raras”. Así bromea recordando sus inicios en la provincia, donde vive “muy contento, la verdad; podían habérmelo dicho antes…”.

Está claro que la suya es una historia de cine y, por eso, hoy disfruta visitando los colegios para compartir su historia con los más jóvenes y demostrarles que el lado más salvaje de la vida no está donde siempre nos habían dicho.

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