ZONA VERDE
La flor del membrillo
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En pleno invierno, cuando el campo parece detenido bajo el frío y los tonos grises dominan el paisaje, hay un árbol que decide adelantarse al calendario. El membrillo (Cydonia oblonga) florece cuando aún no se ha ido el invierno, convirtiéndose en uno de los primeros en anunciar que la primavera, aunque todavía lejana, ya comienza a insinuarse en el horizonte.
Sus flores, de un rosa suave y delicado, brotan sobre ramas todavía desnudas, creando una imagen tan frágil como poderosa. En medio de la quietud invernal, el membrillo ofrece un contraste inesperado: vida donde parecía haber pausa, color donde predominaba la sobriedad. No es una floración escandalosa ni masiva; es discreta, casi íntima, pero suficiente para transformar el paisaje rural y llamar la atención de quien camina atento por senderos y caminos.
Cuando la escarcha aún cubre las primeras horas del día y el aliento se vuelve visible en el aire frío, el membrillero sostiene sus flores con una serenidad admirable. Esa resistencia silenciosa es parte de su encanto. No espera condiciones perfectas; simplemente florece. Y en ese gesto sencillo encierra una poderosa lección sobre los ritmos naturales y la capacidad de anticiparse a la renovación.
En el entorno del campo, donde los ciclos naturales marcan el ritmo de la vida cotidiana, la aparición de estas flores tiene un significado especial. Para quienes trabajan la tierra o simplemente la observan con respeto, el membrillo es una señal temprana de cambio. Su floración anticipa el movimiento de la savia en otros frutales, el regreso paulatino de los insectos polinizadores y el inicio de un nuevo ciclo agrícola que, aunque aún invisible, ya está en marcha bajo la superficie de la tierra.
A menudo situado en huertos familiares, lindes de fincas o pequeños prados cercanos a las casas, el membrillo es un árbol humilde, más vinculado a la tradición que a la producción intensiva. No busca protagonismo, pero su presencia forma parte del paisaje emocional del mundo rural. Muchas generaciones han visto en él no solo un frutal, sino un compañero silencioso de estaciones, cosechas y recuerdos compartidos.
Meses después, cuando el verano haya madurado la tierra y el calor impregne los campos, sus frutos amarillos y aromáticos darán lugar al apreciado dulce de membrillo, protagonista de tantas cocinas y sobremesas familiares. Ese proceso, que comienza ahora con una flor delicada enfrentándose al frío, culminará en una tradición gastronómica que une pasado y presente, campo y hogar.
Pero en estos días fríos, lo que el membrillo nos ofrece es algo más que una promesa de fruto: nos recuerda que la naturaleza nunca se detiene del todo. Que incluso en los momentos más quietos y aparentemente estériles, la vida trabaja en silencio preparando el renacer.
Basta detenerse unos instantes ante un membrillero en flor para comprender que cada estación guarda su propia belleza. Y que el invierno, lejos de ser solo un final, es también el comienzo invisible de la primavera que ya se abre paso entre las ramas.
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