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¿Por qué ponemos flores en la mesa?
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Hoy nos parece completamente natural encontrar flores en una mesa preparada para una celebración. En una boda, una comida especial o una cena en casa, un pequeño jarrón con flores consigue transformar el espacio casi de inmediato. Pero ¿en qué momento comenzamos a utilizarlas para decorar nuestras mesas?
La relación entre las flores y las celebraciones viene de muy antiguo. Griegos y romanos ya utilizaban flores, hojas, guirnaldas y plantas aromáticas durante sus banquetes. No existía todavía el centro de mesa tal y como lo conocemos actualmente, pero la vegetación estaba muy presente. Las flores se asociaban a la celebración, la abundancia y también se utilizaban por sus aromas.
Durante la Edad Media las flores tenían menos protagonismo ornamental, mientras que las hierbas aromáticas y otras plantas se utilizaban con frecuencia para perfumar los espacios. Poco a poco, a medida que los grandes banquetes adquirieron mayor importancia social, la mesa comenzó a convertirse también en un lugar para mostrar gusto y sofisticación.
A partir del Renacimiento y, especialmente, durante los siglos XVII y XVIII, las mesas de las clases acomodadas empiezan a transformarse en auténticos escenarios. Flores y frutas compartían espacio con porcelanas, fuentes, candelabros y piezas de plata. Ya no se trataba únicamente de servir la comida: la presentación también empezaba a importar.
Los bodegones de aquella época son una buena muestra de ello. Curiosamente, algunas de esas combinaciones que contemplamos en pinturas de hace siglos vuelven hoy a aparecer en la decoración de mesas contemporáneas.
Durante el siglo XIX, las flores conquistaron definitivamente los interiores. El interés por la jardinería y las nuevas variedades llegadas de diferentes lugares hicieron que los arreglos fueran cada vez más elaborados. El centro floral comenzó así a ocupar un lugar habitual en las mesas preparadas para recibir invitados. Desde entonces, las formas de decorar han cambiado muchísimo. Hemos pasado por épocas de grandes arreglos simétricos y elevados, composiciones compactas y centros cargados de flores hasta llegar a propuestas mucho más naturales. Hoy podemos encontrar una única rama en un recipiente, pequeños jarrones repartidos por la mesa, flores que parecen recién recogidas del jardín o composiciones que recorren toda su longitud.
Quienes trabajamos con flores sabemos que decorar una mesa no consiste simplemente en colocar un centro bonito. Hay que tener en cuenta la forma y el tamaño de la mesa, la vajilla, los textiles, la iluminación y el espacio que necesitan los invitados. Incluso la altura es importante: un arreglo puede ser espectacular, pero si impide conversar o ver a la persona que tenemos enfrente, probablemente no sea el adecuado.
En los últimos años también hemos recuperado elementos que parecían olvidados. Frutas, ramas, hojas y plantas aromáticas vuelven a mezclarse con las flores. Uvas, limones, higos o manzanas aparecen cada vez con más frecuencia en las mesas, creando composiciones menos rígidas, con un aspecto más natural y una riqueza de texturas muy interesante.
Las tendencias seguirán cambiando, como lo han hecho durante siglos. Cambiarán las flores, los recipientes, los colores y las formas de colocarlas. Pero hay algo que parece mantenerse: seguimos poniendo flores sobre la mesa porque pocas cosas consiguen transformar de una manera tan sencilla un lugar en el que vamos a reunirnos, conversar y celebrar.
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