El último domingo de agosto

SENDA 001

Publicado: 30 ago 2026 - 06:41
Opinión en La Región
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Hoy es el último domingo de agosto y en Ourense eso se nota antes en la luz que en el calendario. Las terrazas siguen llenas, pero la gente se sienta de otra manera. Hay maletas en los portales, coches cargados en doble fila con las luces de emergencia puestas y alguna conversación en la que ya aparece la palabra septiembre. Nadie anuncia nada. El verano no se cierra con ninguna ceremonia: se acaba, y el lunes por la mañana uno descubre que ya estaba en otro sitio desde hacía días.

Llevo veintidós años dirigiendo una empresa y he aprendido a desconfiar de los finales que no se marcan. Un ciclo que termina sin que nadie diga en voz alta que ha terminado no enseña nada. Se convierte en la continuación de lo anterior, con otro nombre y la misma inercia. Y lo que no se cierra no desaparece: se arrastra.

El plan nuevo se apoya sobre un montón de cosas a medias que nadie ha declarado terminadas ni fracasadas

En las compañías esto tiene una forma muy reconocible. Se abre el último cuatrimestre sin haber cerrado el anterior. Se convocan reuniones para hablar de lo que viene y ninguna para decidir qué queda definitivamente atrás. El plan nuevo se apoya sobre un montón de cosas a medias que nadie ha declarado terminadas ni fracasadas, simplemente están ahí, ocupando sitio y cabeza. Al cabo de unos años, buena parte de la energía de una organización se va en sostener asuntos que ya no le importan a nadie pero que tampoco nadie se atreve a enterrar. Y esa energía no se nota, que es lo peor. No aparece en ninguna cuenta ni en ningún cuadro de mando. Se nota en que todo va un poco más lento de lo que debería y nadie sabe explicar por qué.

El síntoma más claro es la lista de proyectos abiertos. Casi siempre es más larga que la de proyectos activos. En medio hay un territorio incómodo: iniciativas que no avanzan, que no se han parado, que siguen apareciendo en cada informe con el mismo párrafo copiado del trimestre pasado. Cerrar una de esas cosas cuesta más que empezarla, porque empezar es una promesa y cerrar es un juicio, y los juicios tienen firma. Hay que decir que aquello no salió, o que salió y ya no hace falta, y ambas frases exigen a alguien que se ponga delante.

Conviene aclarar qué no estoy defendiendo. No hablo de nostalgia ni de las liturgias de cierre que se han puesto de moda, esas reuniones de balance de dos horas que acaban siendo un reparto de méritos con proyector. Un cierre útil dura poco y es concreto: esto termina, esto sigue, esto aprendimos y esto no lo repetimos. Tampoco defiendo cerrar por deporte. Hay proyectos lentos que necesitan años y que uno debe proteger justamente de la manía de terminar cosas para poder enseñar una lista limpia.

El ejercicio de esta semana cabe en una hoja. Antes de que empiece septiembre, escriba tres cosas que este verano le dejó claras. No tres propósitos, que esos duran hasta el segundo jueves. Tres constataciones: algo que descubrió que funciona, algo que ya no aguanta otro año igual y algo que hacía por costumbre y ha comprobado que nadie echó de menos mientras estuvo fuera. Después decida en voz alta, delante de alguien, qué termina hoy. Delante de alguien es la parte importante: los cierres que solo ocurren en la cabeza de uno se reabren solos el martes.

Escribí hace dos semanas que septiembre se decide en agosto. Esto es la otra mitad de la misma idea. No basta con decidir lo que viene. Hay que darle un final a lo que se va, porque si no, lo nuevo nace ya cargado. La calma de estos días sirve para las dos cosas, y de las dos, cerrar es la que casi nunca hacemos.

Y luego está lo que no tiene nada que ver con la gestión. El último domingo de agosto tiene algo que ningún 31 de diciembre consigue. El fin de año llega con cotillón, con listas y con la obligación de estar contento. Esto llega en silencio, un domingo por la tarde, con las persianas de media ciudad todavía bajadas y una sensación rara de que algo se ha terminado sin permiso. Es un final honesto, sin discurso, y no pide nada a cambio. A lo mejor por eso sienta como sienta.

Los ciclos no se acaban cuando termina el tiempo. Se acaban cuando alguien se atreve a decir que se han acabado.

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