Una familia ourensana reconstruye su vida tras un incendio: “No sabemos pagar todo lo que hicieron por nosotros”

OLA DE SOLIDARIDAD

Más de dos meses después del incendio que arrasó su vivienda en Castro, José y Linda intentan recuperar la seguridad de su día a día junto a sus hijos Alejandro y Alba, arropados por una ola de solidaridad que no cesan de agradecer

Linda y Jose con sus hijos Alba y Alejandro frente a la vivienda calcinada.
Linda y Jose con sus hijos Alba y Alejandro frente a la vivienda calcinada. | Reme Martínez

La noche del 7 de febrero quedó marcada para siempre en la memoria de José Guerra y Linda Lola. Un incendio arrasó por completo su vivienda en la aldea de Castro, en A Pobra de Trives, reduciendo a cenizas no sólo una casa, sino años de esfuerzo, proyectos y vida en familia. Aquel hogar, levantado poco a poco durante más de una década, era también el centro de su actividad: la ganadería, las colmenas y el día a día con sus hijos, Alejandro y Alba.

En cuestión de horas, todo desapareció. “Ver que todo tu esfuerzo está resumido en cenizas es muy duro”, relataba entonces José. La imagen de los niños enfrentándose a la pérdida de sus cosas, o la de Linda, derrumbada al ver lo ocurrido, quedó grabada en quienes vivieron de cerca aquel momento.

Pero junto al golpe, llegó también una respuesta que la familia no olvidará. Vecinos, conocidos e incluso personas que apenas tenían relación con ellos se volcaron desde el primer momento. Donaciones, ropa, material escolar, ayudas económicas y gestos constantes que, como ellos mismos reconocen, “no sabemos cómo podremos pagar todo lo que hicieron por nosotros”.

Hoy, más de dos meses después, la vida sigue, aunque marcada por una rutina distinta. José y Linda intentan reconstruir poco a poco su día a día mientras conviven con la herida aún abierta de lo ocurrido. La semana pasada comenzaron a vaciar lo que queda de la vivienda. “Justo esta pasada semana empezamos a tirar todo, y fue duro, es increíble sacar restos de cosas ardidas, muñecas de la niña, o mismo restos de alguna pulsera de Linda. Es como que mientras vas vaciando todo hasta tienes esa esperanza de salvar algo, pero no es así”, cuenta José, mirando las paredes ennegrecidas que aún se mantienen en pie. “De la parte de abajo sacamos una pizarra y un trineo de los niños y poco más”.

Las primeras semanas pasaron casi sin asimilar lo ocurrido. “Es muy difícil”, reconoce Linda. “Jose es más hablador y lo fue echando todo, pero yo sigo con esa presión ahí metida”. Ahora viven con los padres de él, justo enfrente de la casa calcinada. “Es duro asomarte y mirar cada día todo lo que tienes ahí quemado”, dice José. Y Linda añade: “Ese olor a todo quemado aún lo tengo presente, creo que no se me va a borrar nunca”.

Los hijos de José y Linda Lola juegan en los escombros de su casa .
Los hijos de José y Linda Lola juegan en los escombros de su casa . | Reme Martínez

Aun así, la esperanza se abre paso en pequeños gestos cotidianos. Sus hijos juegan entre los restos, ajenos en parte a la dimensión de lo ocurrido. “La niña es pequeñita y se entera menos, pero al niño le costó. Les vamos contando la parte bonita, que tendrán una habitación más grande para sus cosas y esas cosas de niños”, explican.

El apoyo recibido sigue muy presente en su relato. “Estamos desbordados, no sabemos cómo agradecer todo esto, no sabes la mano de gente que vino a casa esas semanas”, recuerda José. “No seríamos capaces de nombrar a todos, desde gente que no teníamos ni hablado nunca con ellos y nos demostró que estaban ahí día tras día, hasta cada uno de los vecinos, fue algo que nos dejó claro que aún hay humanidad”.

Entre los muchos gestos, guardan con especial emoción la visita desde la parroquia de Padrende. “Vino el párroco y dos chicas más a traernos lo que recogieron de donativos en su parroquia y fue muy emotivo cuando el cura decía que se veía reflejado en José, porque le pasó algo parecido, y mientras lo contaba nos hizo llorar a todos en casa”, cuenta Linda.

Tan solo las paredes de la casa quedan en pie.
Tan solo las paredes de la casa quedan en pie. | Reme Martínez

Ocupaciones

Mientras tanto, la vida no se detiene. Linda continúa atendiendo a su ganadería y sus colmenas, con jornadas que empiezan por la mañana y se prolongan hasta el anochecer. José sigue trabajando en el desescombro con la mirada puesta en iniciar cuanto antes la reconstrucción. La casa estaba asegurada, pero todavía negocian con la compañía la compensación.

Pese a todo, el mensaje que repiten es claro. “Nuestro único deseo es agradecer a todo el mundo todo esto. No tenemos nada, pero gracias a ellos, por ahora no nos falta de nada, tan sólo poder tener nuestra casa, y seguir con la vida que teníamos”, afirma José. Linda lo resume con sencillez: “Trabajamos mucho para tener esto y ahora que parecía que podíamos empezar a vivir mejor y descansar algo más, toca volver a empezar. Esto se hace muy largo”.

Entre cenizas, esfuerzo y solidaridad, la familia avanza. Sin prisa, pero con la firme intención de volver a casa.

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