Carta a Julio Camba

Carta a Julio Camba

Querido Julio:

He pasado toda la mañana leyendo la lista negra que manejan los chicos de Carmena, con las propuestas para limpiar Madrid de símbolos franquistas, y puedes imaginarte lo que me estoy divirtiendo. Me hago cargo de la juerga que tendréis por ahí arriba. Incluso a nuestro paisano Cunqueiro le ha echado el ojo ese comité de sabios ciruelos, que crece como setas alrededor de las migajas de la Ley de Memoria Histórica, insigne legado legislativo a la altura de la figura de su progenitor, tan pronto olvidado, Zapatero. Como sean los mismos que han asesorado a Ada Colau en Barcelona, lo más probable es que de Madrid no quede ni la estatua satánica del Retiro, que de algún modo la visión del demonio alegoriza sobre una posible existencia de Dios, lo que es de un franquismo realmente insoportable.

Ya ves, don Julio. Año 2015 y la guerra, aún. Festival de ocurrencias parlamentarias. Carne para nosotros, siempre hambrientos columnistas. Está Jaime Campmany divirtiéndose desde el más allá, viendo que en Madrid hace tiempo que está nublado, desde que los tontos echaron alas. A la hora en que escribo estas líneas ya han empezado los matices, los desmentidos. Pero como sabes, la historia está llena de desmentidos bien mentidos, y a estas alturas pocos dudan de que el revanchismo más casposo ha tomado la capital, y lo que es peor, el Barrio de las Letras. Por si la cultura, supongo. Por si el pensamiento, sospecho. Por si la libertad, seguro.

Una vez que despojen a Machado –Manuel, por supuesto-, Mihura, Muñoz Seca, Gómez de la Serna, Cunqueiro, Concha Espina, y a tu ilustrísima persona, este Madrid será un páramo cultural, lleno, eso sí, de cejas. Y tendremos que leer siempre los mismos libros de los mismos autores, o leer los prospectos de los medicamentos, o el dorso de los champús, que siempre ha sido socorrido.

En la misma pira quieren quemar a los hombres de ese periodismo del que aprendemos y aprendimos. Que he visto en la lista inexistente –estar, está, pero el Ayuntamiento no la reconoce- los nombres de Juan Ignacio Luca de Tena, de Víctor de la Serna y Espina, de Josep Plá, o del cardenal Herrera Oria, que siendo padre de ACNP no puede tener hueco alguno en un callejero realmente progresista. Tampoco faltan, entre los elegidos para lo contrario de la gloria, Fernando Vizcaíno Casas y César González Ruano. Y otros muchos que no recuerdo, que me falla la memoria, y tal vez eso lo explique todo, según mis amigos izquierdistas más ocurrentes.

No sé, querido paisano, si se perpetrará el llamado ‘cambicidio’, pero el hecho de que se ponga encima de la mesa como asunto del día, te dará una buena pista de cómo se las gastan todos estos a los que les ha tocado en suerte una alcaldía en las últimas municipales. Venían a acabar con los chorizos, como el Xulio en La Coruña, que ya ha prohibido el legendario festival de Casas Regionales, célebre por sus bollos preñaos. Así que supongo que nadie podrá acusarles de no estar cumpliendo estrictamente su programa. Aunque pensábamos que se referían a otra cosa cuando gritaban aquello de que se llevarían a la gente ‘de calle’.

Al final me temo que todo estpe jaleo de las calles es un negocio de los fabricantes de placas, que ganan siempre, gobierne quien gobierne. Y eso se tiene que acabar. Así que estoy pensando en exigir un referéndum nacional para prohibir los materiales perennes en las placas de las calles. ¿Cómo lo ves? Yo lo tengo claro: que pongan iPads en lugar de placas, que en dos legislaturas habremos amortizado el gasto.

Qué bueno era Alberti, qué bueno era Alberti, que bueno era Alberti. Son como un disco rayado. Ni hablar de Foxá y Pemán. Excluidos siempre de la historia literaria española por el empuje de sectarios y el silencio de acomplejados. Y ahora sin calle. No creo que a nadie le importe. O al menos, a nadie que no haya leído tu ‘Defensa del analfabetismo’ –igual ya ni te acuerdas-: “mientras no se descubra un procedimiento para que sean los analfabetos quienes escriban, que el arte de leer se convierta en una profesión y que solo puedan ejercerlo algunos hombres debidamente autorizados al efecto por el Estado”.

Que conste que la culpa la tenéis vosotros. A nadie en su sano juicio se le ocurre nacer en España en 1882, no cascar hasta 1962, y aún encima escribir bien. Eso es ansia viva de franquismo. Por eso yo estoy trabajando duro para evitar que me den una calle, para ahorrar al erario público el gasto de poner la placa, quitar la placa, poner la placa, quitar la placa, poner la placa, quitar la placa. Y así cada semana, según el viento que me azote el ingenio: qué mal lo iba a pasar el tribunal callejero examinando mis columnas. De todos modos, no se dará el caso. Que ya me he asegurado por décadas que nadie me haga un busto. Más que nada porque padezco sobrepeso y no me gustaría pasar así a la posteridad. Ya cuando adelgace suplicaré el perdón civil a la alcaldesa. Y si quiere le hago un poema, que ya lo tengo empezado. Dice algo como: “Era una noche de mayo / me perdí en los callejones / de pronto salió Manuela / metióme un susto de envergadura”. Estoy trabajando con mis abogados en el final del verso, don Julio.

En fin, añorado, que aquí no se salva ni la cerveza, que ya gritan las masas ingratas contra los Mahou; ni la pintura, que tampoco quieren a Dalí; ni los toros, que claman ya contra Manolete. Un torero franquista. Madre de Dios. Que si no está muerto nos lo fusilan, don Julio. Y lo mejor. Lo de Jardiel. Que ya ha salido un intenso a decir que hay que quitar urgentemente a Poncela. Que lo quiten también. Claro que sí. Que ya estoy viendo a cientos de difuntos ilustres de las letras y la cultura haciendo cola en el Ayuntamiento de Madrid, lápida en mano, para dar de baja sus propias calles. Porque un Madrid sin Camba, sin Machado, sin Mihura, sin Muñoz Seca, sin Gómez de la Serna, sin González Ruano, y sin Poncela, más que un olimpo de prestigio, es un coñazo de ciudad en la que no puede uno ya ni morirse y que le olviden como es debido.