Una indigna defensa de la familia

Una indigna defensa de la familia

Lo últimos datos del Instituto Nacional de Estadística sobre la familia me ponen los pelos de punta. Los hogares españoles están integrados actualmente por dos individuos y un trozo de otro, que imagino que estará muerto, y que no era tan individuo. No hay duda: 2,53. Se ve perfectamente en el papel. Esto significa que según esta encuesta del INE, cerca del 20% de los españoles vive en pareja con algo más de la mitad de otro español. No quiero ni pensar hasta dónde se habrán disparado las tasas de criminalidad en nuestro país tras publicarse este informe. Creíamos vivir en el país de las maravillas, y estamos rodeados de tipos que parecen salidos de una película de Hitchcock. No obstante, pasando por alto el hecho puramente sangriento, la otra realidad que arroja el INE es que los españoles parecen convencidos de que pueden sobrevivir sin familia. Incluso en solitario, como los osos, que sólo se acercan a las osas en primavera porque necesitan aparearse. En esto se parecen a algunos tipos que conozco.

Tengo el informe del INE sobre las rodillas mientas escribo. Veamos. Una pareja sin hijos, el hogar más frecuente. Le siguen parejas que tienen un solo hijo, muy cerquita de las que tienen dos niños, y de los que viven solos, siendo menores de 65 años. En número más reducido, los mayores de 65 que viven solos. Podríamos continuar, pero me marean las cifras, casi tanto como imaginarme a una pareja viviendo con medio muerto en casa. Daré solo dos extremos. Las parejas sin hijos constituyen hoy el 21,6% de los hogares españoles, mientras que las familias con tres o más hijos ocupan el 3,2% de las casas. Maravilloso dato, al menos para los monos, los gatos, y las palomas, que pronto heredarán nuestra tierra. Ahora sabemos que el Estado del bienestar no incluía el bienestar del Estado.

Cuatro millones y medio de personas viven solas en España. Podríamos pensar que se trata de ancianos y eso tampoco reduciría el drama, pero los ancianos solo ocupan algo menos de la mitad de esos hogares. El resto, como una canción de Sabina: solteros empedernidos, solteros no empedernidos, divorciados de todos los colores, desengañados y raritos varios, egoístas, fracasados, y una legión de tipos realizándose y encontrándose a sí mismos. Gran parte de España antepone ahora al sentido común el sentido de la propia ubicación, y vive obsesionada con encontrarse a sí mismo, algo que obviamente deben hacer solos. Muchos creen que no están preparados ni económica ni personalmente para la solidez inquebrantable de un gran hogar, porque desconocen que lo único realmente seductor y mágico de la familia es que es tan delicada y tan sólida como un jarrón de porcelana. Cada familia que sobrevive es un milagro rabiosamente divertido.

Yo soy un firme defensor de que la gente viva como le de la gana, siempre y cuando no hagan demasiado ruido y arranquen rápido cuando el semáforo se pone en verde. No tengo nada que objetar a todo esto del INE. No me ocupo lo suficiente de lo que ocurre en mi hogar, así que no creo que tenga tiempo de encargarme de lo que pasa en el de los demás. No soy yo quien debe decirte que te cases, o que salgas a compartir tu vida con alguien de una maldita vez, que pruebes a tener unos cuantos hijos antes de que los únicos pañales que haya en casa sean los tuyos, o que experimentes durante un cuarto de hora qué ocurre si apagas el teléfono, y descubras que -¡resulta increíble!- el mundo sigue girando. Supongo que para todo eso ya tienes a mamá.

Sin embargo, no soy ajeno al drama. Asoma un problema detrás de estas estadísticas. Una gran losa de hierro se está alzando al infinito, y caerá sobre nuestras cabezas. Es el fin de nuestra civilización. Se lo dice un columnista conocido por su optimismo y por su ironía.

Hay días en que es inevitable citar esa inspirada canción del grupo de música tradicional quebequense Mes Aïeux, Dégénération: “Tu tatarabuelo tuvo que desbrozar la tierra / Tu bisabuelo tuvo que trabajar la tierra / Después tu abuelo tuvo que rentabilizar la tierra / Y después tu padre la vendió para hacerse funcionario / Y ahora dime, colega, qué vas a hacer tú. Tu tatarabuela tuvo catorce hijos / Tu bisabuela tuvo casi otros tantos / Después tu abuela dijo que con tres ya era bastante / Y después tu madre no quiso tenerlos, tú fuiste un accidente / Y ahora tú, nena, cambias de pareja todo el tiempo / Cuando haces una gilipollez te salvas abortando / Pero hay mañanas en las que te despiertas llorando / Cuando por la noche has soñado con una gran mesa llena de niños”. Nota del columnista: en la versión original en francés, obviamente, rima.

Mes Aïex encuentra un subterfugio a todo este drama hacia el final de su historia, y es recordar que “por suerte en la vida hay cosas que no cambian” y recomienda a la chica a la que se dirige ponerse sus “mejores galas” y salir a bailar. No sé si es la solución. Pero no es un mal comienzo. Bailar y brindar casi siempre es anticipo de algo mejor. Lo único bueno que tiene la degeneración humana es que siempre estás a tiempo de cambiarla y que, en cierto modo, está en tu mano.

Por otro lado, si quieres quedarte como estás, siempre podrás excusarte y decir que la culpa de todo la tiene Hacienda, que es lo que hago yo habitualmente en esta página. Pero sin duda no llena lo mismo una noche de juerga con buenos amigos que despotricar de la clase política, algo demasiado manido.

Y así, bailando y de juerga como dice Mes Aïex, tal vez, al fin, al último brillo de la madrugada y en la compañía adecuada, encuentres a los ojos de tus ojos, y decidáis bajar al ruedo de las estadísticas minoritarias. No por una suerte de responsabilidad biológica, de imposición moral, o de inercia explicable. Sino por robarle a la vida un poco de la felicidad, del amor, y de la mala leche que se reserva para los que arriesgan. Que no hay mayor salvavidas contra los sinsabores cotidianos que una familia, o un “proyecto de vida común”, como dicen ahora los que creen que para ser modernos también hay que ser gilipollas.