Eduardo Medrano
TAL DÍA COMO HOY
La Catedral de Santiago
UN CAFÉ SOLO
En 1859 Charles Dickens publicó Historia de dos ciudades. El libro comienza: “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto”.
Desde entonces han pasado dos siglos. Y ahí estamos. Tal vez nunca nos movimos de ahí o tal vez solo sucedió que hubo tiempos en los que hicimos más fuertes a la sabiduría, la luz y la primavera de la esperanza. En cualquier caso, mirar ahora hacia el pasado, sea para ensalzarlo, menospreciarlo o contemplarlo, parece que no nos sirve de mucho. Demasiado ruido buscando remendarlo, cambiando colores y marcos originales.
Resultaría más productivo fijar la atención en este presente que nos toca asumir y aprender bien cómo deshacer los nudos que atrapan cabezas y manos hasta que no pueden moverse, convirtiéndose en carnaza para los depredadores. Detenernos sin rabia en los dos mundos que por ignorancia, desencanto, aburrimiento o hartazgo hemos dejado crecer a la par. No hay ya mucho tiempo. Dice una leyenda Cherokee que en nosotros habitan dos lobos, uno representa el mal y el otro el bien. Ganará aquel que alimentemos con nuestras acciones. Ahora es el momento de decidir a cuál queremos mantener, a qué mundo le vamos a otorgar el poder.
En cualquier caso, mirar ahora hacia el pasado, sea para ensalzarlo, menospreciarlo o contemplarlo, parece que no nos sirve de mucho. Demasiado ruido buscando remendarlo, cambiando colores y marcos originales.
Desde aquel lejano 1859 han pasado muchas cosas. Hemos atravesado largos túneles de oscuridad en los que el ser humano y sus derechos nada importaban. Aún así seguimos hasta encontrar la salida. Y para no volver atrás nos dotamos de leyes y reglas para la convivencia, para evitar injusticias y para crear estados de bienestar donde vivir sin matarnos, con dignidad, dotándonos de herramientas para seguir creando futuros mejores. Dimos por hecho que lo construido iba a ser eterno, que los cimientos eran tan sólidos que no se iban a agrietar y que podíamos, sin miedo, seguir subiendo por ellos, alejándonos del barro del suelo y acercándonos todos a la cima.
Ahora, mientras la mayoría intentamos mantener el equilibrio para que no nos derriben, descubrimos que otros se dedicaban a colocar dinamita en las rendijas que dejamos sin cimentar. Hay quien los jalea, los aplaude y los anima a seguir encendiendo la mecha, sin comprender que cuando todo explote se caerán y no habrá red que amortigüe el golpe. Mientras, los destructores saldrán ilesos bien agarrados a sus paracaídas, esos que no repartieron. Poco podremos hacer entonces, salvo volver a intentarlo. Pero eso solo será posible si somos capaces de salvaguardar algo del mejor de los tiempos.
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