Ramón Pastrana
LA PUNTILLA
Florsheim
Obsérvese que al común de los mortales le desagrada tomar asiento donde el cojín esté tibio, aún después de permanecer media hora en pie aguardando paciente para ocupar silla en consulta, despacho o restaurante.
Quizá sea que la cuestión no atañe a comunes o que el diván no es usual, pero el prejuicio luego se diluye cuando de escaño parlamentario se trata. Que se lo pregunten si no a Gómez de la Serna, quien tan a hurtadillas como las comisiones cobradas haciendo doblete en su trabajo, envió a un procurador a recoger el acta de diputado a espaldas del PP, de Dios y del diablo, haciendo manifiesto lo ventajoso de la poltrona frente a cosa tan ordinaria como es el taburete.
Y qué decir de Artur Más, el honorable capaz de montar el mercadillo en los pasillos del palacio de la Generalitat, vociferando desde los tenderetes precios de saldo con tal de no alejar las posaderas del cálido tacto del cuero que recubre el sitial de la Cámara autonómica.
A la zaga anda Mariano de comadreo con Albert y Pedro, esforzándose por merendar descansados bajo el artesonado del Hemiciclo, dejando fuera de la partida al señor de la coleta, encabronado con su bolsa de canicas con las que no está por la labor de dejar jugar a nadie, sin desdeñar que a última hora lo inviten con tal de no renunciar a calentar glúteo frotándolo contra la bancada.
El ciudadano, al margen, sigue sin entender tanta pasión por la calentura, habida cuenta de la incomodidad que la temperatura supone, para mayor irritación de la hemorroide.
Seguramente es que desde la posición de españolito de a pie nadie comprende a carta cabal la erótica del poder, que a lo que se ve no se arreda a los gladiadores de los comicios ante sopapo electoral alguno, consigna de partido, ideario masoquista, ni profusa almorrana.
Por mucho calor que haga, por más que irrite o incluso sangre, extraños matrimonios ha hecho siempre la política. Ahí van las cuatro patas del banco, porque por más escocidos que queden los mohínes, como bien aseveraba el más que invocado Lord Acton, con un poder absoluto hasta a un burro le resulta fácil gobernar.
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