Carlos Risco
LA CIUDAD QUE TODAVÍA ESTÁ
La villa abandonada que hace a la ciudad mejor
LA CIUDAD QUE TODAVÍA ESTÁ
Uno supone que se llamaría Villa Mercedes, aunque le falte el cartelito de villa en el otro pilar de la verja de hierro. Es una villa azul, de un azul que fue azul y ahora es esa especie de tono ya orgánico, oxidado hasta casi ser del color de un jardín. Porque toda esta villa es ahora un jardín. Se la encuentra paseando por los cinturones menores de esta ciudad-cataclismo, embutida entre edificios feos, que algún corazón bueno debería dinamitar algún día. Es básicamente una verja de hierro todavía fuerte, que va siendo engullida por una camelia descomunal. Una camelia antigua que ya casi es un árbol oficial del país gallego, que da una sombra poderosa y ha tapizado el suelo de esta pequeña finca de hojas y flores. Es tan tupida y tan densa que es difícil seguir sus ramas y distinguir su forma de las otras formas vegetales. Detrás se consigue ver la casa, un edificio coqueto, de planta baja, con las persianas también azules, ese azul deslavado, azul bandera, que se nos atraganta en el pecho, porque cualquier significación localista es de muy mal gusto.
Esta finquita tan bien cercada habrá sido la afirmación de alguien en el mundo. Un alguien que suponemos que ya no está. O al menos, no ha vuelto. Desde la puerta se entrevé una nevera abandonada en una esquina y hiedras galopantes que un día se merendarán la casa entera. Una casa, una villa, de cuando estas afueras de Auria eran afueras silenciosas. Está junto a la rampa de Sás, cerca de la plaza de O Couto, que, como buen barrio ourensano es también barrio de terrible tráfico a motor, estruendos y velocidades.
Todo el suelo del jardín está cubierto de hojas secas de camelia. Hojas duras, marrones, oscuras. Hojas fermentantes, que van creando un suelo nuevo. Un suelo esponjoso, creado en descomposiciones sucesivas, donde el nuevo hummus coloniza al viejo pavimento cerámico para que puedan crecer más árboles y más hiedras, porque esta villa Mercedes no está abandonada. Está en pleno viaje a un destino nuevo, el de convertirse en un jardín, algo que nos gusta pensar y nos parece muy bien. Convertirse en jardín es una aspiración mucho más elevada que convertirse en ruina. Y en este abandono sutil, en la frontera de lo recuperable, el paseante puede meter la nariz entre los barrotes de la verja y soñar con todas esas villas y casas caídas en cuyos solares han ido floreciendo edificios-tragedia que han vuelvo a la ciudad y a sus gentes feos e imbéciles por dentro y por fuera.
Estas casitas cerradas, pequeños milagros de la ciudad anterior tienen una misión profiláctica: recordar al paseante que, aunque todo está perdido y Auria, la vieja ciudad medieva, que contenía pequeñas Compostelas se ha ido para siempre a base de demoliciones, reformas absurdas y todo tipo de abusamientos, todavía late en pequeños rincones. El tumor de fealdad se expande y la atrofia del organismo es irreversible, pero a veces, sólo a veces, podemos rescatarnos a nosotros mismos y sentir el regalo pequeño y silencioso de cuando Auria tenía una escala humana. Sabemos que el fracaso de una ciudad es una culpa compartida. Y estas ventanitas a lo anterior nos ayudan a soportar nuestra parte. Ahí abajo late otra manera de entender la cosa del vivir, con jardines, casas bajas, calles sin tráfico. Esta villa que va a ser jardín nos lo recuerda. Algo importantísimo, ahora que Auria ya no tiene jardines y la ciudad entera es una insoportable calle-pavimento.
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