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PROYECTO DE DESECACIÓN
La Lagoa de Antela era uno de los humedales más grandes de España, y durante siglos se intentó, en reiteradas ocasiones, desecarla. Pero no fue hasta finales de los años 50 que empezó el proyecto que lo conseguiría.
En ese momento, con la demanda tan alta de mano de obra, muchos migrantes llegaron a la Limia para trabajar en el proyecto de desecación, y los locales los empezaron a llamar “laguneros”.
Aunque los “laguneros” son una parte fundamental de la historia reciente de la comarca, su figura permanece prácticamente anónima. Muchos de ellos vinieron y se fueron, otros hicieron su vida en A Limia, y ya sus nietos son paisanos.
Francisco Gordillo Barreno fue uno de estos hombres, que llegó en 1961 desde Badajoz para trabajar de mecánico en las obras de desecación. “Antes de venir a la Limia estuve un año en A Coruña”, comenta Francisco, quién aterrizo en Xinzo con 23 años.
“Aquí vino mucha gente, y muchos ya estaban casados aquí cuando yo llegué”, cuenta Francisco. Antonio, el “chicha”, es uno de ellos, y aún guardan relación con su hijo que todavía vive en Xinzo.
Francisco trabajó en un taller situado en la Avenida de Madrid, aunque muchas veces se requería entrar a reparar las dragas a las fincas, ya que los tractores no podían pasar a retirarlas, explica Francisco, que narra cómo los solían invitar a comer los vecinos de las aldeas limítrofes con las partes de la Lagoa en las que estaban trabajando.
Lo que no faltaba, según apunta, eran la discusiones que acarreaba el reparto de las tierras. Realizó este trabajo hasta el año 70, cuando empezó a ejercer de relojero.
El pacense ha ido regresando a A Limia durante los años para eventos y celebraciones, ya que guardan un vínculo especial con la tierra de la Lagoa de Antela. Este año ha vuelto a A Limia con su hijo Joaquín, que nació y creció en Xinzo hasta el año 79, cuando la familia regresó a Badajoz.
Joaquín explica que “hicimos muy buena amistad con nuestros vecinos. Nosotros vivíamos en la ‘general’, en unas buhardillas que ya no existen. Ahí no se cerraba la puerta, éramos como una familia. Mis hijos les dicen titos”.
El “lagunero”, que ya tiene sus 90 años, explica que “yo tengo muy buen recuerdo, los jóvenes ya no me conocen, pero los viejos que quedan sí, aunque quedan pocos”, dice entre risas.
Cuando vuelve, siempre intenta encontrarse con sus antiguos compañeros “laguneros”, aunque cada vez es más difícil. “Yo aquí vengo a descansar, a dormir y recordar cosas, porque aquí me cambió la vida”, afirma Francisco, que dejó un poco de sí en A Limia, no sólo por los trabajos en la Lagoa, pues muchas casas de la comarca aún conservarán relojes suyos. Además, la esfera del reloj de la Iglesia de Santa Mariña, la “vieja”, se la colocó él en los años 70.
Francisco termina diciendo que “yo siento que me quieren aquí como ‘lagunero’ y también como relojero”. “Lo que logramos hacer aquí, allí no hubiese sido posible, las relaciones con las personas gallegas son más sanas”.
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