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Martín Códax anota con su llegada al Ribeiro el duodécimo desembarco de un grupo bodeguero ajeno a la provincia en las denominaciones vinícolas ourensanas. El hecho de que se trate de un grupo gallego es la excepción que confirma una regla que se viene produciendo desde hace dos décadas: la mayoría de los grupos que llegan a Ourense provienen de fuera de Galicia, mayoritariamente de Ribera del Duero y Rioja en busca de vinos blancos que complementasen su catálogo donde predominan los tintos.
La llegada de grupos riojanos y de otras regiones vinícolas en busca de los vinos blancos gallegos comenzó en Rías Baixas en los 90. La primera operación había sido la adquisición de la bodega de O Rosal, Lagar de Cervera, por Bodegas La Rioja Alta, de Haro. En la provincia de Ourense comenzaría en la década siguiente, hace veinte años, cuando Telmo Rodríguez (2002) y Rafael Palacios (2004) adquirieron sus primeros viñedos en Valdeorras. Le seguirían Jorge Ordóñez, el hombre que vendió los primeros godellos en Estados Unidos, con su bodega Avancia en O Barco y la familia Rodero Villa, propietarios de Pago de Los Capellanes en Ribera del Duero, que constituyeron O Luar do Sil en Larouco.
Las últimas incorporaciones en la comarca valdeorresa llegaron desde Rioja con la adquisición de la bodega Virgen del Galir por la Compañía Vinícola del Norte de España (CVNE) y de la bodega Carballal por Premium Fincas Singulares, que la reconvirtieron en octubre de 2022 en Barón Do Sil.
El Ribeiro parecía que quedaba al margen de esa tendencia hasta que en 2019, llegan dos grupos de la Ribera del Duero: Pago de Carraovejas y Matarromera. El primero adquiere las bodegas de Emilio Rojo y Viña Meín. La segunda, se hace con una pequeña bodega en Castrelo de Miño, Casar de Vide, y en 2022 añade la de San Clodio, fundada por el director de cine ya fallecido José Luis Cuerda en el valle del Avia. No son los únicos movimientos que se producen ni la única fórmula empleada para que una bodega o distribuidor disponga de vinos del Ribeiro en su catálogo. El ejemplo más singular llega con el danés Nicholas Hammeken, quien se había iniciado en el negocio del vino comercializando vinos españoles a granel en los países nórdicos y acabó creando sus propios vinos. En el Ribeiro elabora dos godellos, uno de ellos con crianza en barrica, bajo la marca Gotas de Mar, pero lo hace con la colaboración de un enólogo y un bodeguero local.
En Monterrei, donde Martín Códax entró en la primera década de este siglo, el único movimiento destacable fue la adquisición de la bodega Crego e Monaguillo por un fondo de inversión, Sherpa Capital, o la colaboración entre Gargalo y el grupo Bodegas Riojanas que interviene en la comercialización de los vinos de la bodega fundada por Roberto Verino.
Si en los primeros movimientos había un interés por complementar un catálogo de vinos mayoritariamente tintos con los blancos gallegos, las motivaciones actuales van mucho más allá. Por un lado, el liderazgo de las denominaciones gallegas en el panorama de los vinos blancos y su cada vez más amplio mercado internacional. Por otro, la tendencia de un mercado en el que los blancos se imponen sobre los tintos, un hecho que se ha acentuado tras la pandemia, y el carácter singular de las variedades autóctonas gallegas, cada vez más valoradas internacionalmente, como lo demuestran los 100 puntos parker obtenidos por uno de los godellos de Rafael Palacios en 2022, su Sorte O Soro 2020.
Este movimiento no se ve negativo en un contexto en el que no ha causado impactos adversos en las bodegas locales, como reconoce Jorge Mazaira, director técnico de la DO Valdeorras, quien señala el gran respeto que se observa por la mayoría de los grupos que se han incorporado a dicha zona. “Han ayudado a darle más visibilidad a nuestros vinos en los mercados internacionales y han supuesto un importante incentivo para los viticultores, que han visto elevar el precio de la uva, sobre todo del godello”, afima.
El movimiento de compañías que extienden su área de influencia más allá de su territorio no solo es de entrada, también de salida, aunque en menor medida. La principal causa es la menor dimensión media de las bodegas. Si la necesidad de buenos vinos blancos motiva a los grupos foráneos, a Viña Costeira fue la búsqueda de tintos lo que llevó a la cooperativa del Ribeiro a fundar una bodega en Valdeorras. Bodegas Gallegas extendió su rango de actuación a la Ribeira Sacra lucense con Rectoral de Amandi y a Rías Baixas con Rectoral do Umia. No fue la única que puso el ojo y una bodega y plantó viñedos en Rías Baixas. Campante se hizo con Bodegas Morgadío en Crecente en 1996 y el grupo Pazo do Mar abre su bodega Veiga da Princesa en Arbo este siglo.
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