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¿Un sacrificio a los dioses o una fiesta de otoño? Los orígenes secretos del magosto

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Antropología

¿Un sacrificio a los dioses o una fiesta de otoño? Los orígenes secretos del magosto

Magosto Popular en Vilardevós. (Foto: Xesús Fariñas)
photo_camera Magosto Popular en Vilardevós. (Foto: Xesús Fariñas)
El arqueólogo André Pena explica que con el magosto estamos ante una auténtica ofrenda a los dioses que se ha venido repitiendo desde el neolítico.

Hace más de dos mil años los gallegos ya peregrinaban. Lo hacían a lugares de culto como el Facho de Donón, en Cangas, frente a las Cíes y Ons, para levantar aras en honor a un dios celta que recibía el epíteto de Bero Breo, es decir, el "hospitalario". No muy lejos, en Lourizán (Pontevedra), otro dios fue plasmado en piedra con los atributos de un ciervo y los epítetos de Vestio Alonieco, el “alimentador del Mas Allá”, que aquí conocemos con el Alén.

De aquella antigua religión nos han llegado costumbres asimiladas por el cristianismo y fiestas que han perdurado en el tiempo. Una de ellas es el magosto, celebración comunal llena de misterios y simbología que poco a poco los investigadores están intentando desvelar a la luz de la antropología, la arqueología y también la lingüística. 

Hablar de esta manifestación cultural que por noviembre, coincidiendo con Difuntos, se repite en toda Galicia es hablar de la castaña, un fruto que durante milenios supuso la base de la alimentación en todo el norte peninsular, tanto humana como para los animales que domesticaban, como el cerdo. El cultivo del castaño se remonta a los primeros pobladores. No en vano, es un árbol autóctono que conformaba los antiguos 'soutos' y 'fragas', hoy en día cada vez más escasos. Y ya se cultivaba antes de la llegada de los romanos, que lo utilizaron para dar de comer a la mano de obra que utilizaba para la explotación de las minas de oro.

André Pena, arqueólogo del municipio de Narón y uno de los mayores expertos en cultura celta, explica que con el magosto estamos ante una auténtica ofrenda a los dioses que se ha venido repitiendo desde el neolítico. El castaño ofrece sus primeros frutos al inicio del otoño, que el hombre obtiene sin ningún esfuerzo. Lo único que ha de poner de su parte es el sacrifico para abrirlo aún verde, ya que en la Edad de Bronce este proceso lo realizaba con los pies desnudos, con los que separaba el erizo que las cubre. Las gentes se reunían en los 'soutos' para este rito, en el que entregaban la primera cosecha a aquellas divinidades celtas que se la proporcionaban en esos lugares y que eran receptores de los muertos del Alén.

Esto coincide además con la época del Samaín, que marca el inicio de la estación del frío, cuando muere el verano, el ganado regresa de los montes y comienza una época de oscuridad e incertidumbre. Es también cuando se abren las puertas del Alén, donde nos esperan esos hospederos. Precisamente, la fiesta de los Difuntos siempre tuvo en Galicia el componente de una comida comunal en la que participaban los vivos y los muertos. Una idea muy extendida en los países atlánticos de cultura celta, como la propia Galicia o Irlanda, es que cada vez que una castaña estalla en la hoguera es un alma que se libera.

Etimología

La propia palabra castaña tendría su origen en aquel remoto pasado. El historiador y arqueólogo, ya desaparecido, Luis Monteagudo García sitúa su etimología en el Alteuropaïsche o Antiguo Europeo. Los indoeuropeos emplearían la raíz Kars para el verbo “raspar, cepillar, cardar”; de ahí el latín carduus, “cardo”.

Magosto, según Monteagudo García, se explicaría por la voz Proto-Celta o Alteuropäische mag-vor-sto mag-  “piso, es-mag-o” y vorsto “barro, arrasto pisando”, que describe exactamente la acción de pisar y aplastar y deslizar el erizo de la castaña. De hecho, en O Courel a la preparación de este fruto se le sigue llamando, en una de sus fases, la 'pisa'.

Esta exactitud descriptiva que sostiene Monteagudo García recuerda, en palabras de André Pena, “a la de otros nombres de lugar y, sobre todo, nombres de ríos”. “Ocurre por ejemplo con el río Belelle, en Ferrol, que quiere decir blanco. La gente, en el siglo XIX, todavía lavaba las velas de los barcos de guerra en este lugar porque le atribuía propiedades blanqueantes”.

Pena Granha introduce otro elemento relacionado con los magostos y el Samaín: los 'cório'. En invierno los mozos solteros de la tribu se ponían temporalmente al margen de la ley. Celebraban sus propias mascaradas, una idea también desarrollada por el investigador David Outeiro. Hasta no hace mucho, los jóvenes en Galicia seguían disfrazándose por estas fechas e iban cantando y pidiendo de casa en casa, una costumbre censurada por el obispo de Mondoñedo en el siglo XVI, de lo que se tiene constancia escrita, y que perdura en Navidades con los Ranchos, Cantares de Reis y Manueles.