Fernando Ramos
HISTORIAS DE UN SENTIMENTAL
Otra vez se vuelve a hablar del Festival del Miño
En los últimos años, parece que en el entorno laboral hemos sustituido el español por un híbrido lingüístico plagado de anglicismos. Ahora ya no tenemos reuniones, sino meetings. Los jefes no piden “opiniones”; exigen feedback. Y si hablas de “fechas límite”, olvídate: ahora se dice deadlines.
El problema no es utilizar puntualmente términos en inglés; en un mundo globalizado, es lógico adoptar vocablos sin equivalentes claros en nuestro idioma. Sin embargo, en muchas oficinas, este abuso alcanza lo ridículo, convirtiendo conversaciones simples en un desfile de extranjerismos que pocos se atreven a cuestionar.
¿Por qué se hace? En muchos casos, simplemente por aparentar. Usar anglicismos parece que proyecte una imagen de dinamismo y cosmopolitismo. Decir “hagamos un brainstorming” parece más profesional que “compartamos ideas”, aunque el resultado sea exactamente el mismo. Tal empeño en impresionar no es más que una fachada que, con frecuencia, únicamente busca ocultar complejos e inseguridades.
Este abuso de extranjerismos no solo es innecesario, sino que puede acabar complicando la comunicación. Lo que debería resultar claro y directo se convierte en una maraña de términos que no siempre todos logran comprender.
Hablar de forma clara y natural no nos hace menos profesionales. Más bien lo contrario. Porque, a veces, la mejor manera de ser moderno es no intentar parecerlo a toda costa.
Marta González González (O Cartaballiño)
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