La Región
La abuela Julia de Tarragona
Dicen que las madres tienen una conexión especial con sus hijos, y he podido constatarlo a lo largo de los años. Me ha pasado muchas veces: me despierto en la noche sabiendo que mi hijo me necesita, que algo no está bien; un presentimiento que rara vez falla. Anoche sentí algo parecido. Me desperté de madrugada, intranquila, pero no era mi hijo. Desde algún lugar profundo, sentí el llamado de la abuela, esa mujer chiquitita y enorme a la vez, que quizá vino a despedirse. Mi hermana me lo confirmó por la mañana. Mi abuela ya no estaba. Su cuerpo la había abandonado. ¡97 años ya eran muchos! Yo no tengo religión ni Dios, y no sé si la reencarnación existe. La verdad, he tenido muy poca relación con la muerte. Cuando murió mi padre, mi hijo todavía era pequeño y me preguntó adónde van las personas cuando mueren. Yo, sin pensar demasiado en la pregunta y casi como una respuesta automática, viciada por una educación católica, contesté que al cielo.
-¿Es un astronauta? -contestó mi hijo.
Sorprendida por su respuesta, pensé para mí: ¿por qué no? Debería poder ser lo que quisiera. Quizá su alma quiera ser un astronauta. Y quizá la de mi abuela busque otro destino, o quizá se funda con una energía universal, si es que eso existe.
Pero la abuela vive en mí. Es la única abuela con la que tuve relación. No sé si era una abuela típica o no, pues al final el imaginario colectivo se construye con los cuentos, el cine, las historias y las experiencias propias, compartidas y extrapoladas. Pero para mí era mi abuela. Era la abuela de Tarragona. Mi abuela gallega, que hasta el último día que hablé con ella conservaba el gallego: -¡Qué guapo que é o neno, Montse, qué guapo!
Ella era mis veranos en el Mediterráneo, con olor a pino y agua salada, y los dulces que nos daba a escondidas -sin que mi madre se enterara-: las magdalenas, los donuts, los chocolates. Era la abuela que siempre nos recibía en julio refunfuñando porque nuestra perra se iba a meter con sus gatos -los gatos eran siempre más listos-, pero que luego nos cuidaba y nos hablaba con amor. Era la abuela de los cocidos y la comida casera, y la que nos llevaba a tres supermercados distintos haciendo la ruta de las ofertas. ¡Qué mujer!
Lo tenía todo fichado: cada producto, en cada súper. Yo siempre he pensado que Julia era muy lista. No pudo ir a la universidad. Llegó a su vida adulta en plena posguerra franquista, cuando para muchas mujeres el acceso a los estudios superiores era prácticamente imposible. Pero, si le hubieran dejado, podría haber estudiado lo que quisiera. Era avispada y rápida, y no se dejaba engañar por nada ni por nadie. Con sus ojitos verdes y alegres miraba siempre a la gente, escaneándola, como si pudiera leerle el aura.
También recuerdo su enorme amor por la naturaleza y los animales, los gatos en especial, que tantos conflictos le trajeron con los vecinos. Para contextualizar: Julia vivía en un piso céntrico de la Rambla de Tarragona, de esos de renta antigua, que había heredado su marido, mi abuelastro. La cosa es que tenía una terraza o patio trasero bastante grande, y ella lo había llenado de gatos. Y claro, era difícil mantener aquello limpio y ordenado. Aunque los gatos no le hacían daño a nadie, no era muy compatible con el paisaje urbano. Como ya no le cabían más gatos, hacía rondas nocturnas para alimentar a los de las Ramblas. Su compasión era tan grande que, siempre que comíamos fuera, nos tocaba llevarnos las sobras para los gatitos sin techo.
Reconozco que de niña me daba un poco de vergüenza. Hoy agradezco tanto que me transmitiera ese amor por los otros seres vivos, y el compromiso y la responsabilidad que eso conlleva. Creo que es algo que hemos heredado su hija, sus nietas y su bisnieto. Cuidarnos unos a otros, en un mundo que a veces parece entregado a la barbarie. Hacerlo es un acto de rebeldía. Una rebeldía que, paradójicamente, debería ser la norma.
Lo que también siempre agradeceré a la abuela es lo que vio en mí, que otros no veían. Mi infancia fue compleja. La separación de mis padres y algunos momentos difíciles hicieron que, en algún momento, yo quisiera alejarme de todo aquello. Quizá por eso también me fui. Primero a Madrid y después a Panamá, buscando mi propia vida, escapando de algunas cosas que me dolían y dejando atrás Galicia y una infancia que durante mucho tiempo preferí no mirar demasiado.
Pero cuando hablaba con la abuela, algo cambiaba. Con ella, mi infancia también había sido bonita. Ella siempre decía que me recordaba cantando y sonriendo. Que la bisabuela y ella pensaban que yo era una niña muy alegre y muy buena. Y me gusta pensar que, aunque yo haya olvidado muchas cosas, ellas conservaron esa versión de mí. Quizá eso es lo que más me regaló la abuela: una memoria distinta de mi propia infancia. Una en la que yo era esa niña que cantaba, que sonreía, que era buena y alegre. Una niña que existió, aunque después la vida se complicara. Y quizá por eso, aunque me haya ido tan lejos y haya intentado tantas veces escapar de algunas partes de mi pasado, siempre hubo un lugar al que podía volver: la casa de la abuela en Tarragona, sus gatos, sus dulces a escondidas, el verano, el Mediterráneo y esa mirada suya que parecía decirme que yo había sido, y que en el fondo seguía siendo, aquella niña alegre que cantaba y sonreía.
Ella regresó a morir a Galicia, así como cuenta la vieja leyenda de los elefantes, que vuelven a la tierra que les pertenece cuando sienten que se acerca el final. Pero para mí siempre será la abuela Julia, de Tarragona.
Montserrat Valeiras Taboada (Ourense)
Contenido patrocinado
También te puede interesar
Lo último
FESTIVAL CELTA
Galería | San Amaro revive su historia y pasado castrexo
Plácido Blanco Bembibre
HISTORIAS INCREÍBLES
Cuarenta y dos nubes blancas