Fernando Ramos
HISTORIAS DE UN SENTIMENTAL
Otra vez se vuelve a hablar del Festival del Miño
Un barco viejo, construido en Japón en 1976 y ya amortizado a lo largo de 26 años de viajes y corrosión se alquila a un armador griego a precio de saldo. Su propietario es una empresa con sede en Liberia, pero con pabellón de conveniencia, otrora mejor llamados banderas pirata, en las Bahamas. La tripulación es filipina, y trabaja en régimen de semiesclavitud por un sueldo basura. El flete lo hace una sociedad que tiene su sede en Suiza, pero que es filial de un consorcio ruso. La inspección del buque la hace una agencia estadounidense. La aseguradora es inglesa. Haciendo escala en Gibraltar, transportaba residuos tóxicos de una refinería de Estonia hasta Singapur.
No fue más que una exquisita representación de una realidad conocida, tolerada y silenciada, con todos los componentes y consecuencias de un ultraliberalismo económico como única dinámica del capitalismo, que haría las delicias de Milton Friedman. La demostración de que la palabra globalización es una mentira en sí misma y una hipócrita falsedad, que sólo busca abaratar a costa de lo que sea y de quien sea los costes de explotación de las empresas, multiplicando de forma obscena el beneficio de unos pocos caraduras en detrimento y perjuicio del bien común. El reflejo de la capacidad de destruir cualquier estructura cuando ésta es un obstáculo para el avance de un mercado lleno de libertinaje pero carente de mesura. Una paradoja que engendra abismos en un mundo con fronteras cada vez más difusas y países empobrecidos, suministradores de materias primas y mano de obra barata, que generan unos beneficios que no se estabilizan para crear riqueza y trabajo, sino que salen en busca de mayor rentabilidad, en una insultante libre circulación de capitales, pero no de personas.
Pues hasta aquí hemos llegado. Ya han pasado once años desde que un cacharro flotante llenó la costa gallega de chapapote, y los problemas estructurales que lo han provocado siguen vigentes hoy en día, y si cabe, con más intensidad que hace once años. Y la justicia se ha encontrado con un enmarañado tal de empresas ficticias encubiertas y engrasadas a través de una inquietante red de paraísos fiscales, que no ha podido culpar a nadie del desastre ecológico y ambiental, salvo al mar, que pagará el desastre con cadena perpetua.
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