CARTAS AL DIRECTOR
Lupi Peña, director con elegancia
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“México no existió antes de que llegaran los españoles” (Isabel Díaz Ayuso).
Si usted, señora, lo afirma querrá decirnos que fue un descubrimiento por huestes castellanas. Mas, permítame una contradicción emergente el que no hay un descubrimiento de algo que ya existe. En sus días de asueto en la Riviera, tras su apretada agenda institucional en varios lugares del país mexicano, habrá podido contemplar monumentos arqueológicos de la civilización maya, muy anterior a la llegada de Hernán Cortés.
El mismo Cristóbal Colón creyó hasta en su muerte de que había llegado a as Indias Orientales, que relatara Marco Polo. Al contrario del veneciano, navegó hacia el Oeste, habiendo tenido conocimiento de la carta del cosmógrafo italiano Toscanelli en 1474. Quinientos años antes que Colón, Leif Ericson, con un grupo de vikingos, pisó suelo americano en lo que hoy es Terranova, que habitaba la tribu beothuk. Lo habían logrado merced a que sus drakars navegaron por el Atlántico al socaire de muchas islas y vientos alisios de barlovento. Dejaron como rastro de su presencia un pequeño y efímero asentamiento, hoy conocido como L’Anse aux Meadows, aniquilado por los aborígenes.
Retrocedamos más en el tiempo. La primera presencia humana en el continente americano la formuló Alês Hrdlîcka con su “Teoría monogenista-asiática”. Durante la glaciación del pleistoceno, aprovechando la franja helada del estrecho de Bering, cazadores mongoloides, expertos en caminar sobre el hielo, comenzaron asentarse en el continente americano. Thor Heyerdahl, en su expedición de la Kon-tiki, en balsas rudimentarias de maderas, demostró que se pudo emigrar desde Oceanía a América y viceversa. El mismo Heyerdahl logró cruzar el Atlántico desde la costa occidental africana hasta Barbados usando una nave copiada de los egipcios. Por ello, en las pirámides mayas se pueden encontrar en sus relieves, jeroglíficos con cierta influencia egipcia y cuyos testimonios del culto se asemejan al de los antiguos pobladores del Nilo.
En síntesis, cuando Hernán Cortés arribó a lo que es hoy México, ya existían civilizaciones milenarias en Mesoamérica. Reinaba la dinastía azteca desde el altiplano del Anahuac, con la sede principal de Tenochtitlán. Una civilización distinta a la hispana, pero al fin y al cabo una civilización que se destruyó a sangre y fuego.
“No hay en el mundo tan común como la ignorancia y la charlatanería” (Cleóbulo de Lindos, s. VI aC., uno de los siete sabios de Grecia). En boca cerrada no entran moscas, ¿o no?
Abelardo Lorenzo
(Ourense)
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