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Cuando el silencio es una condena
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Afganistán corre el riesgo de perder unas 25.000 maestras y trabajadoras sanitarias antes de 2030. Niñas sin escuela, mujeres sin oficio, familias sin cuidados: la liquidación de un país se hace en silencio mientras el mundo cambia de canal. La retirada de las tropas norteamericanas marcó el punto final de una intervención de veinte años, pero también inauguró una era de olvido mediático y político del país.
Desde entonces, Afganistán se desliza por el margen de la actualidad, como si el fin de la presencia militar vaciara también la obligación de mirar. Las restricciones sobre la educación y el trabajo de las mujeres, el colapso económico y la fuga de profesionales apenas trascienden a los titulares, mientras el foco se desplaza hacia otros conflictos que reportan interés estratégico o rentabilidad económica en otros territorios. La política internacional parece sintonizar solo en aquellas zonas que generan beneficio, dejando a países como Afganistán en una oscuridad deliberada.
Detrás de esas 25.000 personas no hay solo cifras, sino vidas truncadas, generaciones de niñas educadas en la oscuridad y un futuro nacional que se desmorona lentamente. El mayor crimen no es solo el del régimen talibán; es el silencio cómplice de quienes, tras intervenir, deciden ignorar. La comunidad internacional parece más cómoda hablando de Afganistán como un error del pasado que como una urgencia de hoy.
Pedro Marín Usón
(Zaragoza)
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