Fernando Ramos
HISTORIAS DE UN SENTIMENTAL
Otra vez se vuelve a hablar del Festival del Miño
La vida no es un cuento de hadas. Ni falta que hace. Bastante tenemos los ciudadanos con pagar impuestos, obedecer la ley y confiar -qué ternura- en las instituciones, mientras otros convierten lo público en su particular mercadillo de favores, chanchullos y despropósitos.
Lo que estamos oyendo en la Audiencia Nacional sobre Koldo y compañía no es una anécdota: es el retrato fiel de una forma de entender el poder como si fuera un botín. Chapuzas, corruptelas, lenguaje de taberna y maneras de sainete. Todo muy lejos del ciudadano que madruga, cumple y sostiene el sistema que otros saquean con un desparpajo impecable.
Y lo peor no es el caso en sí, sino la costumbre. Porque, en una democracia -esa palabra tan solemne-, llevamos a nuestras espaldas miles de casos como para seguir fingiendo sorpresa. Cuando la corrupción deja de escandalizar y empieza a administrarse como una rutina, la degradación ya no es un accidente: es el método.
Uno se pregunta, con toda la ironía posible, para qué sirve votar si el poder sabe, ve y tolera lo que luego dice combatir. Quizá la solución no esté en la política, sino en la tecnología: tal vez algún día no sean los discursos ni los partidos, sino las máquinas, las únicas capaces de poner un poco de orden en esta maquinaria humana de abuso y descaro. ¿Qué harán los políticos cuando hasta un algoritmo parezca más digno de confianza que ellos?
Pedro Marín Usón
(Zaragoza)
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