La Región
Crónica de una represión
“Unos hombres te mataron…/ te encontré, amor mío,/ te encontré/ ¡tu cabeza y tu pecho destrozados!/ ¿Eso rojo que cubre tu cuerpo es una bandera/ o es tu camisa teñida en sangre?/ ¡Unos hombres te mataron!/ ¡Lo encontré, compañeros,/ lo encontré!/ Su cabeza y su pecho ensangrentados./ ¡Lo encontré!
(Syra Alonso, “El mar tenía un amargo sabor a lágrimas”, Memorias 1937-1945, Editora Albarellos, 2026).
La escritora me era totalmente desconocida. Leo sus memorias, hoy, y es de agradecer el esfuerzo de Conrado J. Arranz y a los herederos de Syra Alonso, de dar a luz las memorias de esta última. Unas memorias conmovedoras con las que retrata la fuerte represión llevada a cabo por los sublevados contra la II Republica, en los días siguientes al golpe militar en A Coruña.
Syra procedía de una familia burguesa comercial de la ciudad herculina. Nos descubre sus felices años infantiles estudiando en colegio de monjas, y sobre todo los días de los que disfrutaba en los veranos en la casa familiar en Santa Cruz de Oleiros, y sus baños en la playa de Bastiagueiros. En cierta ocasión, en uno de esos encuentros con otras familias, entre ellas con los Casares y Quiroga, conocería al pintor Francisco Miguel. Un genio del pincel, que bebería de las fuentes vanguardistas que florecían por Europa. Un varguardista ideológicamente comprometido con la II República, manteniendo contactos con Alvarez del Vayo.
El relato que la autora describe de la detención de Francisco, hasta descubrir el lugar donde se enterró a su esposo en fosa común, es tan desgarrador, que conmueve al más indiferente lector
Francisco y Syra se unieron en matrimonio, llegando a criar tres hijos. Pasaron viviendo tres años en México, para volver a España y residir en su casa de Santa Cruz. Eran tiempos de convulsión social y política, que germinaría en un golpe militar fascista. Galicia estuvo lejana de cualquiera contienda militar, pero sí víctima de represiones cruentas contra quienes hubiesen simpatizado con la II República. Entre éstos, Francisco Miguel.
El relato que la autora describe de la detención de Francisco, hasta descubrir el lugar donde se enterró a su esposo en fosa común, es tan desgarrador, que conmueve al más indiferente lector. A raíz del lúgubre suceso, Syra con sus hijos se exilió en México, falleciendo en 1970. Hoy los restos de Francisco Miguel reposan en el cementerio de San Amaro, merced a la labor de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica para su traslado.
Remato con una reflexión unamuniana: “Aquí no hay refriegas de campo de guerra, ni se hacen prisioneros de ellas, pero hay la más bestial persecución y asesinatos sin justificación” (Carta de Miguel Unamuno al escultor vasco Quintín de Torre).
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