La Región
El desgaste de la democracia
Los peligros inherentes a la idea de democracia proceden del hecho de ocultar los valores de aquellas personas que han dedicado su vida a exaltarla. Supone un vaciado de valores de la misma democracia. La fe en la superioridad de los valores democráticos se mantuvo entre los que creían en ella. La democracia está enferma de democracia, de desmesura; la libertad pasa a ser tiranía, el pueblo se transforma en masa. El deseo de defender el progreso se convierte en espíritu de cruzada. El derecho deja de ser un medio para el desarrollo de todos y forma parte del ethos de un proceso de deshumanización.
Descubrir al enemigo dentro de nosotros es mucho más tranquilizante que creerlo lejos y totalmente diferente. Mientras la democracia tenía un enemigo al que odiaba, el totalitarismo burocrático o el falso liberalismo, podía vivir sin conocer sus amenazas internas, pero hoy debe enfrentarse a ellas.
Los actuales cambios de la democracia no son efecto ni de un complot ni de una intención malvada, y por eso son difíciles de frenar. Son consecuencia de la evolución de la mentalidad, que a su vez tiene que ver con diversos cambios múltiples, anónimos y subterráneos, que van desde la tecnología a la demografía, pasando por la geopolítica. El ascenso del individualismo, la adquisición de la autonomía por parte de la economía y el mercantilismo de la sociedad no pueden derogarse mediante decretos. La experiencia de los regímenes totalitarios esta ahí, como integrantes de la memoria histórica, para recordarnos que si pasamos por alto, nos encaminamos inevitablemente hacia la catástrofe. No basta con mejorar indefinidamente los instrumentos. Una tarea fundamental es peguntarse por las personas que han contribuido al progreso de la democracia y los hemos ignorado en su momento y lo seguimos arrinconando.
Me gustaría pensar que la renovación democrática encontrara un lugar propicio en el reconocimiento de aquellas personas que han impulsado la justicia, la equidad y la igualdad, elementos fundamentales para el bienestar social de todos los españoles. El deber de la memoria es un imperativo epistémico previo a la racionalidad. La memoria de lo ocurrido debe servir de pauta al conocimiento al conocimiento racional.
No podemos pensar sin tener en cuenta la memoria, la aparición de un Nuevo Imprerativo Categórico, que consiste en repensar el valor de la memoria de lo pasado. La memoria no es un recuerdo benevolente o compasivo con el dolor. Es mucho más. Es pensar y construir nuestro tiempo con una lógica distinta a aquella que lleva a la barbarie, a ignorar el valor de los otros.
Moncho Ramos Requejo
(Maceda)
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