La Región
Justicia y equidad
Amigas y amigos:
En Ourense las modas cambian, la tradición de visitar y embellecer los cementerios permanece. Las flores siguen siendo un signo de respeto y amor, un símbolo eterno de lo que el corazón humano no puede olvidar. Cada flor que depositamos en el cementerio, cada oración que bulle en nuestro corazón, cada gesto de fraternidad que brota de nuestras manos es un símbolo de eternidad. En los cementerios, estos días, hablan, sin palabras, las flores, que expresan cariño y gratitud. Los cementerios se transforman en espacios de recogimiento y belleza, que expresan amor y fidelidad.
En la vida, todos andamos buscando amistades, dinero, poder, bienestar…, en definitiva, felicidad. El poeta Martín Descalzo escribió: “Morir sólo es morir, morir se acaba. Morir es una hoguera fugitiva, es cruzar una puerta a la deriva y encontrar lo que tanto se buscaba”. La felicidad que todos buscamos, todos la encontraremos al final, en los brazos de nuestro Padre. Esto es lo que todos recordamos estos días con los cementerios engalanados. Porque en los cementerios Él nos dice: Te protegerán mis alas, en el vuelo que haga contigo para alcanzar tus sueños.
Muchas gentes pretenden ignorar la muerte. El consumismo es una forma de exorcizarla. Acaparando cosas, buscando novedades, atiborrándonos de placeres… pretendemos poder vencer a la muerte. Sin embargo, es un signo de madurez humana ser capaces de hacernos preguntas como estas: ¿Por qué nacemos y por qué morimos? ¿Qué nos espera en el más allá? Si las afrontamos bien, estas preguntas nos ayudan a mirar la vida con mayor profundidad, comprender mejor la propia fragilidad y la de los demás; nos ayudan también a compartir horas extremas, porque “solo se sale del laberinto cogidos de la mano”. La respuesta a esas preguntas nos puede ayudar a comprender que cuando todo parece acabar, es cuando germina algo inédito y siempre en novedad.
Amigos y amigas, nuestros difuntos nos invitan a regalar rosas y crisantemos, también a los vivos que caminan con nosotros. Y en el camino sentiremos que “cuando planté rosales, coseché siempre rosas”. Mientras tanto, proclamamos con el poeta: “… Señor, sostén ahora mi fe/ pues, cuando llegue a tu hogar,/ con mis ojos te veré/ y mi llanto cesará. Y, cuando llegue el momento de desplegar nuestras velas, exclamaremos: He guardado la fe, me salvé.
Adolfo Requejo Rodríguez (Ourense)
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